Fue un movimiento tan sutil que casi no lo noté, pero lo sentí en el estómago; un tirón rápido, eléctrico.
No me aparté. No quise apartarme.
Se inclinó hacia mí sin prisa, dándome tiempo de retroceder si quería. No lo hice. Cuando su boca rozó la mía fue suave al principio, casi tentativo, como si estuviera probando el terreno que ambos habíamos evitado pisar hasta ahora. Pero en cuanto respondí, apoyando una mano en su nuca, abriendo los labios apenas, algo cambió.
El beso se volvió intenso de golpe.
Sus labios se apretaron contra los míos con una urgencia contenida que me robó el aire. Su lengua buscó la mía, lenta pero decidida, saboreándome como si hubiera estado esperando ese momento mucho más tiempo del que ninguno de los dos admitiría. Gemí bajito contra su boca sin poder evitarlo. Él respondió con un sonido ronco en el fondo de la garganta, profundo, casi animal.
Sin romper el beso, extendió la mano hacia el asiento y tiró de la palanca. El respaldo del conductor se reclinó con un clic suave. Luego me tomó por la cintura con ambas manos, fuertes, seguras, y me levantó como si no pesara nada. Me subió a sus piernas en un movimiento fluido. Mis rodillas quedaron a ambos lados de sus caderas, el espacio del coche de pronto demasiado pequeño, demasiado caliente.
Sentí su erección dura contra mí a través de la tela de los pantalones. El roce me hizo jadear. Él aprovechó para profundizar el beso, una mano subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi pelo, la otra apretándome la cadera, guiándome en un movimiento lento, casi instintivo, que me hizo arquearme contra él. Su boca bajó a mi cuello, mordió suave la piel justo debajo de la oreja, luego lamió el mismo punto como si quisiera borrar la marca que acababa de dejar. Saboreándome. Devorándome.
Mi respiración era un desastre. Mis manos se deslizaron por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa. Quería más. Quería quitarle la camisa, quería sentir su piel contra la mía, quería que el mundo desapareciera y solo quedáramos nosotros dos en ese garaje oscuro.
Entonces sonó mi teléfono.
Un timbre agudo, insistente, que cortó el aire como un cuchillo.
Me congelé.
Sebastián también. Su boca se detuvo contra mi clavícula. Los dos respirábamos fuerte, el pecho subiendo y bajando al mismo ritmo descompasado.
Lo saqué con dedos temblorosos. La pantalla iluminada mostró el nombre que menos esperaba en ese momento.
Mamá.
Miré a Sebastián. Él seguía con las manos en mi cintura, pero ya no apretaba. Su expresión había cambiado, la intensidad seguía ahí, pero ahora había algo más. Paciencia. Control. Espera.
—Contesta —dijo en voz baja, ronca todavía por el beso—. Es tu madre.
Asentí, aunque cada célula de mi cuerpo gritaba que no quería. Que quería quedarme ahí, sobre él, sintiendo su calor, su deseo, el mío.
Deslicé el dedo para aceptar la llamada y me llevé el teléfono al oído. Intenté que mi voz sonara normal. No lo consiguió del todo.
—¿Mamá?

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