—Lo dejamos para otro día, voy a ducharme —dijo, desapareciendo de mi vista. Y yo no sabía si se refería al trago o al momento en su auto.
Me quedé parada en el pasillo como una idiota, escuchando el eco de sus pasos alejándose hacia el dormitorio principal y luego el sonido del agua empezando a correr en la ducha. El piso parecía más grande de repente, más vacío, aunque solo él se había ido a otra habitación por unos minutos. Mi cuerpo todavía ardía. La piel del cuello me latía donde había estado su boca, los labios me hormigueaban, y entre las piernas sentía un calor húmedo, insistente, que no se calmaba solo porque la llamada de mamá hubiera cortado todo.
Caminé hasta la cocina a oscuras, solo guiándome por la luz azulada que entraba por los ventanales. Abrí el frigorífico, saqué una botella de agua fría y me la pasé por la nuca, por la frente, por el escote. No bastaba. El frío del vidrio solo hacía que el contraste fuera peor.
Me tomé una con un trago largo de agua helada. El líquido bajó frío por la garganta, pero no apagó nada. Solo lo adormeció un poco, como si pusiera una manta fina sobre el fuego en vez de apagarlo.
No podía quedarme ahí, ni podía meterme en esa cama enorme y esperar a que él saliera de la ducha oliendo a jabón y a piel limpia, con el pelo húmedo y la toalla alrededor de la cintura, y fingir que podía dormir a su lado como si nada hubiera pasado. No esta noche. No con el cuerpo todavía gritando su nombre.
Entré a mi habitación y agarré mi bloc de dibujo, el lápiz favorito y un carboncillo del cajón del pasillo, y cerré la puerta con cuidado, casi con llave, como si estuviera encerrándome para protegerme de él. O de mí misma.
Encendí solo la lámpara de mesa. La luz cayó directa sobre el papel en blanco.
Me senté. Respiré hondo. Y empecé.
No dibujé su cuerpo entero esta vez. No tenía fuerzas para eso. Solo empecé por lo que no podía sacarme de la cabeza, sus labios.

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