No lo hice. No lo giré. No lo besé otra vez.
Me quedé mirando su espalda un rato largo, la línea recta de los hombros subiendo y bajando con cada respiración profunda, el pelo húmedo todavía pegado a la nuca en mechones oscuros. El fuego entre las piernas se convirtió en un calor sordo, pesado, y los párpados me pesaban como si alguien les hubiera atado plomo. Cerré los ojos. El sueño me atrapó casi de inmediato, pesado, sin sueños. Solo oscuridad y el sonido lejano de su respiración como un metrónomo que me arrullaba.
No sé cuánto tiempo pasó. Horas, quizás. El mundo se apagó.
Hasta que una mano cálida me rozó el hombro.
—Chloe.
La voz de Sebastián era baja, ronca por el sueño o por la hora. Abrí los ojos a medias. La habitación seguía a oscuras, pero por la rendija de las persianas se filtraba un hilo de luz grisácea. Amanecía.
—¿Qué…? —murmuré, la lengua pastosa.
—Despierta. Tenemos que salir.
Me incorporé despacio, frotándome los ojos. El reloj digital en la mesita marcaba las 5:03. Sábado. El sábado. El día libre que supuestamente teníamos después de semanas de jornadas eternas.
—¿A dónde? —pregunté, todavía medio dormida, la voz arrastrada—. Es sábado…
—Ponte ropa deportiva. Cómoda. Nada elegante. Confía en mí.
Lo miré parpadeando. Él ya estaba de pie, vestido con pantalón de chándal gris oscuro, camiseta negra ajustada y una chaqueta ligera. El pelo todavía revuelto del sueño, pero los ojos claros, alerta. Había algo en su expresión, una mezcla de determinación y algo más suave, casi nervioso, que me hizo obedecer sin discutir.
—Vale… —murmuré.
Me levanté tambaleándome. Fui al vestidor, agarré unos leggings negros, una sudadera oversize gris, calcetines gruesos y las zapatillas de running que casi nunca usaba. Me vestí en el baño con movimientos lentos, automáticos. Me lavé la cara con agua fría para despertarme un poco. El espejo me devolvió una versión desaliñada de mí misma: pelo enredado en una coleta baja, ojeras leves, labios todavía un poco hinchados del beso de la noche anterior. Me puse una gorra para tapar el desastre.
Cuando salí, él ya me esperaba en la entrada con dos termos de café en la mano y una mochila pequeña al hombro.
—¿Lista?
Asentí, bostezando.
Bajamos al garaje en silencio. El ascensor privado zumbaba suave. En el coche me dejé caer en el asiento del copiloto, abroché el cinturón y apoyé la cabeza contra la ventanilla. El motor arrancó con un ronroneo discreto. Sebastián condujo sin prisa, saliendo de la ciudad por una autopista que yo apenas reconocía a esa hora. El cielo empezaba a teñirse de rosa pálido en el horizonte.
El cansancio me ganó otra vez. Cerré los ojos. El ronroneo del motor, el calor de la calefacción, el aroma leve de su colonia mezclado con café… todo se volvió borroso. Me dormí casi sin darme cuenta, la cabeza apoyada en el reposacabezas, la gorra ladeada.
No sé cuánto tiempo pasó. Media hora. Una hora. Solo sentí que el coche aminoraba, que salía de la autopista y tomaba un camino más estrecho, asfaltado pero con curvas suaves. Luego grava. Luego silencio.
—Chloe.
Su mano en mi rodilla, suave pero firme.

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