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La esposa de Blackwood romance Capítulo 77

La noche en el Salón Miramar se desplegó como un sueño lento y brillante. Después de las fotos con la prensa y el abrazo de Elena en la entrada, Sebastián me guio por el salón con una mano firme en la parte baja de mi espalda. El vestido de seda susurraba con cada paso, captando reflejos dorados de las lámparas de araña.

Primero nos acercamos a Artur. El abuelo estaba de pie junto a una columna, con su bastón de ébano y esa postura recta que parecía desafiar los años. Cuando nos vio, sus ojos se suavizaron.

—Abuelo —dijo Sebastián, soltándome para darle un abrazo breve pero sentido.

Artur me miró después,

—Chloe. Gracias por venir.

—Gracias por invitarme —respondí, sintiendo que el peso de la noche se aligeraba un poco—. Es un honor estar aquí.

Él sonrió, una sonrisa pequeña y sabia.

—El honor es nuestro.

Cuando el abuelo se alejó, Sebastián apretó mi mano —creo que le empiezas agradar.

Casi enseguida, Ethan se acercó a nosotros.

—Chloe, hoy te estas robando miradas —dijo, guiñándome un ojo.

Lily apareció justo detrás, menuda, con el vestido rojo fuego y el pelo negro cayéndole en ondas perfectas. Me abrazó fuerte, oliendo a vainilla y a juventud, para luego abalanzarse a los brazos de Sebastián.

Roberto, el esposo de Elena, se acercó con su calma habitual, me dio un beso en la mejilla y un abrazo paternal.

Después Sebastián me presentó al resto de la familia extendida que aún no conocía. Tíos lejanos, primos segundos y un grupo de amigos de Elena que se comportaban como tíos honorarios. Nombres que se me mezclaban en la cabeza, pero todos con sonrisas genuinas, copas en la mano y comentarios del estilo: “Por fin conocemos a la mujer que ha cambiado a Sebastián” o “Se nota que estás loca por él, y él por ti”.

Él respondía con bromas suaves, pero nunca me soltaba, siempre estaba con una mano en mi cintura, un roce en la espalda, un beso rápido en la sien cada vez que pasábamos por un grupo nuevo.

La noche avanzó entre cava, risas y baile. Bebimos más de lo que deberíamos, brindis por Elena, por los sesenta, por la familia que se reunía. Bailamos primero lento, Sebastián y yo en el centro de la pista, sus manos en mis caderas, las mías en su nuca, moviéndonos al ritmo de una balada suave. Cada pocos minutos se inclinaba a mi oído y susurraba:

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