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La esposa de Blackwood romance Capítulo 78

—Quiero cogerte duro, Chloe —murmuró en mi oído, voz baja y cruda—. Todos los días de mi vida he pensado en cómo sería darte duro. Empotrarte, follarte hasta que grites mi nombre, hasta que no puedas caminar derecho.

Me levantó una pierna, enganchándola en su cadera. La punta de su polla rozó mi entrada, apartando la tela fina de las bragas. Estaba a punto de empujar cuando puse las palmas en su pecho para frenarlo un poco.

—Espera… —susurré, voz entrecortada—. Así no. No quiero que mi primera vez sea así. Estamos medio borrachos, Sebastián. Quiero recordarlo todo.

Él se quedó quieto, respirando pesado contra mi frente. Parpadeó, procesando.

—¿Qué carajos? —murmuró, voz ronca—. ¿Eres virgen, Chloe?

Tragué saliva y asentí despacio.

—Sí.

Sus ojos se abrieron más, mezcla de sorpresa, ternura y algo casi reverente. No dijo nada más. Solo me abrazó fuerte, besándome la frente, la sien, la boca suave esta vez.

—Joder… —susurró—. Entonces esperaremos. Todo el tiempo que necesites. —¿Por qué no me lo habías dicho?

—Una no anda por ahí diciéndole a su jefe que es virgen —dije, riendo bajito, y él soltó una carcajada ronca que vibró en su pecho.

Nos quedamos allí, apoyados contra la pared del recibidor, respirando el uno contra el otro. La risa se nos escapó al mismo tiempo, baja y nerviosa, como si el absurdo de la situación acabara de golpearnos. Sebastián todavía tenía una mano en mi cintura, la otra en mi mejilla, y su polla seguía dura contra mi muslo, pero ya no había urgencia. Solo calor residual y una ternura que no esperaba.

—Tu jefe… —murmuró, negando con la cabeza—. Dios, Chloe, sigo siendo tu jefe y tu marido al mismo tiempo. Esto es un desastre precioso.

Me besó la comisura de la boca, suave, casi reverente.

—Ven —dijo, apartándose lo justo para tomarme de la mano—. Vamos al sofá antes de que nos caigamos aquí mismo.

Caminamos a oscuras por el pasillo, descalzos, el vestido todavía subido hasta medio muslo y su pantalón abierto. Nos dejamos caer en el sofá grande del salón, yo sobre su regazo, las piernas a ambos lados de sus caderas. Él no intentó nada más; solo me abrazó por la cintura y apoyó la frente contra la mía.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó de nuevo, esta vez sin risa, solo curiosidad suave.

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