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La esposa de Blackwood romance Capítulo 86

Sentí que me caía el estómago a los pies.

—Ayer… —susurré—. Ayer yo no estuve con él. Me fui a cenar con mis compañeros. Y cuando llegué… estaba solo, con un whisky, mirando por la ventana. Discutimos porque se sintió rechazado. Y yo… pensé que era por el trabajo.

Elena me tomó la mano por encima de la mesa.

—No lo sabías, cariño. Nadie te lo dijo. Él no habla de esto. Ni conmigo, ni con papá, ni con nadie. Solo lo lleva dentro.

Me empezaron a picar los ojos.

—Se sintió rechazado. En el aniversario de su madre. Y yo no estuve. Me fui a reír con gente que apenas conozco mientras él estaba aquí, solo, recordando cómo perdió a la persona que más quería en el mundo.

Elena me apretó la mano.

—No te castigues. No podías saberlo. Y él… él te quiere. Mucho. Por eso le dolió tanto que no volvieras directamente. Porque contigo ya no quiere estar solo. Contigo quiere compartir hasta los días malos.

Me limpié una lágrima que se me escapó.

—Me siento como una idiota. La peor idiota del mundo.

—No lo eres. —Elena sonrió con ternura—. Eres humana. Y estás aprendiendo a quererlo. A entenderlo. Eso lleva tiempo.

En ese momento oí pasos. Sebastián y Lily volvieron. Él parecía un poco menos apagado; tenía una media sonrisa, como si el rato con su prima le hubiera aliviado algo. Se sentó a mi lado, me rozó la mano por debajo de la mesa.

—¿Todo bien? —preguntó bajito.

Asentí, tragando el nudo en la garganta.

—Todo bien.

El almuerzo siguió. Hablamos, reímos con las historias de Lily sobre sus últimos viajes, comimos postre. Sebastián participó más, contestó, bromeó un poco, incluso se rio cuando Ethan contó una anécdota absurda de la fiesta. Ver a su familia le subió el ánimo, poco a poco. No del todo, pero sí lo suficiente para que sus ojos dejaran de estar tan vacíos.

Cuando nos despedimos, Elena me abrazó fuerte y me susurró al oído

—Cuídalo hoy. Y no te sientas culpable. Solo estate ahí.

Asentí.

—Lo estaré.

En el coche de vuelta, Sebastián conducía en silencio. Yo lo miré de reojo.

—¿Te gustó la maqueta que te enseñó Lily?

Sonrió de lado.

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