El miércoles amaneció con un sol tímido que se colaba por las rendijas de las persianas. No era un día radiante, pero al menos ya no pesaba el plomo del cielo del día anterior. Me desperté antes que él otra vez. Esta vez no me quedé mirándolo en silencio; en cambio, me acerqué despacio y apoyé la frente contra su espalda desnuda. Sentí cómo su respiración cambió de ritmo: se dio cuenta de que estaba despierta.
Se giró con lentitud, los ojos todavía hinchados de sueño y de algo más pesado. Me miró un segundo como si estuviera confirmando que seguía allí, y luego me atrajo hacia su pecho sin decir nada. Me envolvió con los brazos, fuerte, casi con urgencia contenida. Olía a él, a jabón de la noche anterior y a ese aroma cálido que siempre me hacía sentir en casa.
—Buenos días —susurré contra su clavícula.
—Buenos días —respondió bajito. Su voz todavía arrastraba algo de ronquera emocional—. Gracias por quedarte pegada a mí toda la noche.
—No me iba a ir a ningún lado.
Se quedó callado un rato, solo respirando conmigo. Luego habló, casi en un susurro.
—Anoche soñé con ella.
Me quedé muy quieta. No quise interrumpirlo.
—Estábamos en el jardín de la casa vieja, la que vendieron después. Ella me empujaba en el columpio. Reía mucho. Y yo le pedía que me empujara más alto, más alto… hasta que casi tocaba el cielo. Y entonces me decía: «Ya estás volando, mi amor. Pero no te sueltes, ¿eh? Que yo te sostengo desde abajo».
Tragué saliva. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta.
—¿Y luego? —pregunté con cuidado.
—Luego me desperté. Y por un segundo pensé que seguía allí. Que si abría los ojos la vería al lado de la cama, con esa bata azul que siempre usaba por las mañanas. Pero no estaba. Solo estabas tú.
Me apretó un poco más.
—Y me di cuenta de que… no dolió tanto como otros años. Porque estabas tú.
Levanté la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Solo brillaban.
—Sebastián…
—No, espera —me interrumpió suavemente—. Quiero decirlo todo de una vez antes de que me arrepienta.
Asentí.
—Siempre pensé que hablar de ella era traicionarla. Como si al contarlo la estuviera dejando ir del todo. Por eso me callaba. Me tragaba los recuerdos y los guardaba en un sitio donde nadie pudiera tocarlos. Ni siquiera yo. Pero ayer… cuando me dijiste que nunca más estaría solo en esos días… algo se rompió dentro. No de mala manera. Se rompió como cuando se abre una puerta que llevaba años cerrada con llave.
Se pasó la mano por la cara, como intentando ordenar los pensamientos.
—No quiero que pienses que tienes que arreglarme. No estoy roto. Solo… llevo mucho tiempo cargando solo. Y ahora que estás aquí, me doy cuenta de que no quiero seguir haciéndolo. Quiero contarte cosas. Las buenas y las feas. Las que duelen y las que no. Quiero que sepas quién era ella. Quién soy yo por ella.
Las lágrimas me resbalaron sin permiso. No intenté esconderlas.
—Quiero saberlo todo —le dije—. Todo lo que quieras contarme. Cuando quieras. Como quieras. Sin prisa.
Él sonrió, esa sonrisa pequeña y torcida que solo sacaba cuando estaba vulnerable de verdad.

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