Jazmín le lanzó una mirada cortante a Cecilia; qué mujer tan detestable, arruinándole un raro momento de paz.
Adrián se acercó a Cecilia con paso firme, su tono de voz era indiferente y distante.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita Muñoz?
—¿Ya terminaron sus oraciones? —le preguntó ella.
—Todavía no, ¿por qué? —Adrián entrecerró los ojos.
—Selena también vino con su hijo, está afuera —dijo Cecilia de inmediato—. Espero que para sus encuentros busquen un lugar más discreto.
—Señorita Muñoz, lo está malinterpretando. —El rostro de Adrián se ensombreció, su expresión era severa y opresiva—. ¿Dice que Selena trajo a su hijo?
—¿Acaso piensa llevarla frente a Selena para hacer alarde de su amor? ¿Podría tener un poco de decencia? —Cecilia estaba furiosa.
—Gracias por el aviso, nos quedaremos en el salón de oración. Si usted ya terminó, le agradecería que se la llevara a ella y al niño lo antes posible —dijo Adrián, y se dispuso a marcharse.
—¿En el salón? ¿No me digan que ustedes...? —Cecilia, sin experiencia en esos asuntos, sintió que algo no cuadraba.
La mirada de Adrián se volvió afilada.
—Señorita Muñoz, este es un lugar sagrado. Le ruego que mantenga sus pensamientos puros.
Cecilia se sintió ahogada por la rabia. ¿Cómo podía ese desgraciado traer a su amante a plena luz del día y encima pedirle a ella que mantuviera la mente limpia? ¡Qué descaro!
—Solo le recuerdo que Selena está aquí, y le pido que no perturbe su tranquilidad. —Cecilia lo dijo por si se encontraban afuera, ¿qué haría Selena en esa situación?
—Lo haré, gracias por informarme. —Tras decir esto, Adrián desapareció detrás de la cortina.
En ese momento, Jazmín, quien estaba detrás de la cortina, había aguzado el oído y escuchado parte de la conversación. Una sonrisa intrigante se dibujó en sus labios. ¿Selena también estaba ahí? Eso significaba que el espectáculo estaba a punto de comenzar.
Adrián y Jazmín recibieron las bendiciones del monje, cerraron los ojos para recitar algunas escrituras y copiaron varios textos sagrados.
Al oír eso, Selena sintió una punzada de dolor en el pecho. Adrián le había dicho que tenía algo que hacer la noche anterior. ¿Se refería a esto, a venir al templo con Jazmín?
—¿Y eso a mí qué me importa? —replicó Selena. Le arrebató el cachorro, tomó a Fernando de la mano y se dio la vuelta para marcharse.
Fernando jugaba con el perrito, ajeno a todo, pero los pasos de Selena se sentían pesados como el plomo. Encontró una banca y se sentó, observando a su hijo jugar con una profunda tristeza en la mirada.
Una hora más tarde, Cecilia y Patricia salieron y la llamaron. Selena y su hijo las encontraron en el estacionamiento.
—Selena, ¿te encontraste con algún conocido mientras paseabas? —le preguntó Cecilia.
—No, ¿por qué? —negó Selena.
—Por nada. Ten, te trajimos a ti y a Fer un amuleto de la suerte —dijo Cecilia con una sonrisa.
Selena lo aceptó con gratitud y lo guardó en su bolsillo y en el de su hijo. Patricia, por su parte, se sentía fatal. El comportamiento de Adrián era inmoral; estaba casado y se paseaba con su amante sin el menor disimulo. De repente, se arrepintió profundamente de haberle aconsejado a Selena que no se divorciara todavía por el bien del niño.

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