Selena notó con agudeza que Leandro no dejaba de jugar con una de las pulseras, que no parecía ser muy cara.
Así que, antes de pagar, le preguntó en voz baja:
—Leandro, ¿te gusta esa pulsera?
—Sí, me gusta —asintió Leandro con una sonrisa.
Selena se dirigió de inmediato al vendedor.
—Señor, ¿cuánto es por el caballito y esta pulsera?
—Cincuenta —respondió el vendedor, mostrando los cinco dedos.
Selena pagó con su celular, sin fijarse en cómo era la pulsera que Leandro había elegido.
Leandro, con una mirada cálida, sonrió levemente. El dije de la pulsera tenía grabada una letra: una *S*.
—Selena, no tenías por qué molestarte. Yo debí haber pagado —dijo Leandro, sonriendo amablemente.
Selena también sonrió.
—Leandro, no es nada caro, es solo una pulsera.
—Bueno, pues gracias —dijo Leandro, guardándose la pulsera en el bolsillo sin que Selena pudiera ver la letra grabada en ella.
Siguieron caminando cuando, de repente, un grupo de niños que corrían y jugaban chocó contra ellos por accidente.
—¡Cuidado! —gritó Leandro, y con un movimiento rápido, rodeó a Selena con el brazo, justo a tiempo para evitar que la golpearan. Una niña que estaba más adelante no tuvo tanta suerte; uno de los niños la empujó y cayó al suelo, rompiendo a llorar de dolor al instante.
Los niños se quedaron paralizados. Sus padres corrieron a levantar a la niña, se disculparon y hasta le dieron algo de dinero.
Selena observó la escena, sintiendo lástima por la pequeña que se había caído.
Para cuando reaccionó, se dio cuenta de que una mano grande todavía la sostenía firmemente por la cintura.
Leandro, al ver que ella lo había notado, fingió que apenas se daba cuenta y retiró el brazo, preguntando con preocupación:
—Selena, ¿estás bien?
—Gracias por jalarme a tiempo, si no, seguro también me habría caído —dijo Selena, agradecida.
—Estos niños traviesos —comentó Leandro con una sonrisa de resignación.
Selena suspiró, esperando que los padres hubieran aprendido la lección y cuidaran mejor a sus hijos.
Después de pasear durante más de media hora, Selena miró la hora.
—Ya son las nueve y media, deberíamos irnos.
—Mañana es sábado, ¿Fer tiene clases? —preguntó Leandro.
Selena negó con la cabeza.
—No, él no.

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