Manuela nunca había visto a una mujer tan descarada. En ese momento, su expresión no era nada amigable.
—Señorita Torres, ya habíamos limpiado la cocina…
De repente, Jazmín levantó la vista y la fulminó con la mirada, como si las palabras de Manuela la hubieran ofendido profundamente.
La mirada de Jazmín asustó a Manuela. Esa sensación de amenaza la obligó a bajar la cabeza.
Sabía que ahora que Selena se había divorciado del señor, era cuestión de tiempo para que se mudara.
Y la mujer que la reemplazaría sería Jazmín.
Manuela no quería perder su trabajo estable y bien pagado, así que forzó una sonrisa.
—Claro, señorita Torres, espere un momento. Ahora mismo le preparo algo.
—Sin cilantro y sin picante, gracias —dijo Jazmín antes de subir las escaleras sin más.
Manuela imitó para sus adentros la expresión arrogante de Jazmín. La mujer le daba asco.
Jazmín subió las escaleras sigilosamente y escuchó la voz grave y relajada de un hombre proveniente de la recámara principal. Parecía estar de buen humor.
La respiración de Jazmín se detuvo. De repente, sintió que no debería haber subido a buscarlo de una manera tan impulsiva.
El recuerdo de cómo la había regañado la última vez todavía la hacía temblar.
Desde que se conocieron, Adrián siempre le había hablado con amabilidad, nunca le había puesto mala cara y siempre le había dado generosamente todo lo que ella quería.
Pero ahora…
Jazmín se arrepentía hasta el alma. Había mantenido su imagen cuidadosamente hasta el día del divorcio, pero justo ese día, por una mala jugada del destino, Selena descubrió que había añadido algo al cereal del niño.
En ese momento, Jazmín estaba furiosa consigo misma. Había aguantado cuatro años, ¿por qué tenía que haber hecho algo tan innecesario con lo del niño?
La intención de Jazmín al agregar el suplemento no era hacerle daño al niño. Simplemente quería que Selena y la familia Rojas vieran sus esfuerzos; si el niño se ponía gordito y sano, demostraría que era buena cuidando niños, ¿no?
Pero el tiro le salió por la culata, y ahora se encontraba en una situación muy incómoda.
Jazmín bajó las escaleras, se sentó en el sofá y le envió un mensaje a Adrián.
Poco después, Adrián bajó con Fer en brazos.
Jazmín se levantó del sofá, con una expresión de culpa y remordimiento, jugueteando nerviosamente con sus dedos, adoptando una apariencia vulnerable y arrepentida.
Adrián la miró y preguntó en voz baja:
—¿Qué haces aquí?
Jazmín levantó la vista hacia él.
Hoy, Adrián vestía de manera informal, con una camiseta negra y pantalones casuales oscuros. Se veía joven y guapo, sin la autoridad de un gran empresario, pero con un atractivo irresistible de hombre de familia.
—Adri, yo… —apenas empezó a hablar Jazmín, las lágrimas rodaron por sus mejillas y su voz se quebró, impidiéndole continuar.
Como dice el dicho, es mejor amar a un hombre que ya es bueno, en lugar de intentar cambiarlo para que lo sea.
Si solo estaba compensando a Selena y no era un reconocimiento emocional, Jazmín estaba dispuesta a ayudarlo en esa compensación.
—Señorita Torres, su desayuno está listo —dijo Manuela, saliendo con un tazón de sopa de fideos con huevo.
Jazmín se sintió un poco avergonzada y le dijo a Adrián:
—Fue Manuela la que se ofreció a prepararme el desayuno.
A Adrián no le importaban esos detalles, pero Manuela, una vez más, se sintió asqueada.
¿Cómo que "se ofreció"? Esta señorita Torres era una experta en mentir descaradamente, limpiándose de toda culpa.
Manuela no pudo evitar preocuparse por su futuro. Si una mujer tan calculadora y despiadada se convertía en la nueva señora de la casa, ¿cuánto tiempo duraría en su trabajo?
—Ya que Manuela te preparó el desayuno, come tranquila. Yo voy a sacar a Fer un rato —dijo Adrián con indiferencia.
Jazmín se quedó perpleja y preguntó rápidamente:
—Adri, ¿a dónde vas a llevar a Fer?
—A casa de Yago. —Fer se había despertado pidiéndole ver a Julito, y Adrián, sin poder negarse, tuvo que llamar a Yago.
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