Casualmente, Yago estaba en casa ese día, así que le dijo que llevara a Fer a jugar.
En realidad, Adrián se resistía. Sabiendo que Yago tenía intenciones con Selena, no le convenía que Fer pasara mucho tiempo con él.
Pero a Fer le encantaba Julito, así que a Adrián, aunque no le gustara la idea, no le quedó más remedio que llevar a su hijo a ver a Yago con cara de pocos amigos.
—¿Puedo ir con ustedes? Puedo ayudarte a cuidar a Fer —preguntó Jazmín con una sonrisa esperanzada.
Pero Adrián respondió con frialdad:
—Mejor no vengas a estorbar. Selena pidió que de ahora en adelante no te quedes a solas con Fer.
—¿Ah? —Jazmín sintió como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. ¿Cómo se atrevía Selena a exigir algo tan descarado?
—Adri, no pensarás que soy una mala mujer, ¿verdad? —dijo Jazmín, y sus ojos se enrojecieron de nuevo, con las lágrimas a punto de desbordarse—. Si fuera tan terrible, ¿cómo me habría atrevido a arriesgar mi vida para sacarte de ese carro en llamas…?
—Jazmín, una cosa no tiene que ver con la otra, no te lo tomes a mal. Es solo una petición de Selena. Ahora la custodia del niño la tiene ella, y yo debo respetar sus decisiones —dijo Adrián mientras se agachaba para buscarle unos zapatitos a su hijo y ponérselos.
Jazmín quiso decir algo más, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
¿Desde cuándo Adrián también había aprendido a respetar a Selena?
Antes, ¿no la trataba como a un trapo viejo, arrumbado en un rincón?
***
El carro ya había salido del patio, pero Jazmín seguía paralizada en su sitio.
Manuela asomó la cabeza desde la cocina y, al ver que Jazmín no iba a comer, salió a recordarle:
—Señorita Torres, si no come ahora, los fideos se le van a enfriar.
Jazmín estaba tan irritada en ese momento que la voz de Manuela le pareció insoportable.
—No voy a comer —dijo, y tomando su bolso, salió a grandes zancadas.
Manuela se quedó sin palabras.
Esa señorita Torres solo estaba jugando con ella.
En comparación, Selena, la señora de la casa, creció enormemente en la estima de Manuela.
***
Casa Albina.
Esa era la residencia de Yago: dos edificios blancos de tres pisos con un patio de tamaño mediano.
En ese momento, en el área de juegos del patio, una pequeña figura corría de un lado a otro, llena de alegría.
Frente al ventanal del segundo piso, Yago, todavía en pijama, observaba a su sobrino jugar abajo. Su mente, sin embargo, estaba en otro lugar, vacía y distraída desde hacía un buen rato.
La última vez en la escuela, en un arrebato de ira, le había confesado a Adrián sus sentimientos por Selena.
Aunque Adrián no se había enfadado mucho, la relación entre ellos, como hermanos, probablemente había cambiado.
Yago apretó los puños. Su padre quería que mantuviera una buena relación con Adrián, en parte para facilitar la próxima campaña electoral. El Grupo Rojas, con sus casi setenta empresas, influía en casi la mitad del PIB del país. El imperio comercial de Adrián podía ser decisivo en las elecciones.
Yago sintió un dolor de cabeza. Quizás todavía era demasiado joven, le faltaba temple.
Pero la vida es una sola, y si no puedes luchar libremente por la persona que amas, te quedas con el arrepentimiento, ¿no?

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