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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 261

A Yago se le encogió el corazón. Al final, le había hecho la pregunta.

Pero si se había atrevido a admitirlo, no iba a ocultarle nada.

—No lo sé, nunca he llevado la cuenta —respondió en voz baja.

—¿Qué significa que no lo sabes? —Adrián tomó otro sorbo de té. Parecía relajado, pero su mirada era afilada como una navaja—. Dices que te gusta, pero ¿no sabes desde cuándo? Eso no tiene ningún sentido.

Ante su insistencia, Yago solo sonrió con calma.

—El gusto es un sentimiento. A veces no es muy claro, pero de algo estoy seguro: el día que estuvimos en el mercado de medicina tradicional, ella me transmitió una sensación de mucha paz.

La expresión de Adrián se endureció. Recordó lo que había pasado ese día: él estaba en un reservado, charlando y bebiendo con Federico Peña y Sergio Castillo, mientras Yago y Selena paseaban juntos.

—Explícate. ¿A qué te refieres con "paz"? —preguntó Adrián, sabiendo que cada palabra sería como una puñalada en el corazón, pero aun así, necesitaba saber.

—Es difícil de explicar —dijo Yago, pero se tomó un momento para recordar la escena—. Ella no es una persona invasiva, no tiene esa agudeza que hiere. Es tranquila, amable, pero tiene un conocimiento impresionante. Ese día, un vendedor me estaba engañando, y ella vino a ayudarme. Sin quejarse, me acompañó a comprar casi veinte tipos de hierbas, explicándome las propiedades de cada una mientras caminábamos, siempre con una sonrisa suave y hablando en voz baja.

—Ya basta, no sigas —dijo Adrián. Pensó que podría soportarlo, pero había sobreestimado la resistencia de su corazón. No podía escuchar ni una palabra más.

—Adri, esa tranquilidad que tiene Selena es una cualidad que a ti no te gusta, ¿verdad? —Yago sabía cómo dar donde más dolía. Añadió con una sonrisa—: En cambio, Jazmín es alegre, extrovertida, llena de vida y muy sociable. Además, te puede ayudar en los eventos sociales. A ti te gustan las mujeres como ella, ¿no es así?

Adrián se quedó sin palabras. Abrió la boca para responder, pero la volvió a cerrar.

Yago suspiró.

—Cada quien tiene sus gustos, es normal. A ti te gustan las mujeres llamativas y seguras como Jazmín, y a mí, curiosamente, me gustan las que son más tranquilas y amables. Gracias por devolverle la libertad a Selena; solo así pude darme cuenta de lo que realmente siento.

Adrián tuvo ganas de levantarse e irse. ¿Qué clase de amigo era este? Cada palabra era una daga, y encima, lanzada con total justificación.

—Ya está bien, no sigas. Pero hay algo que debo aclarar: mis sentimientos por Jazmín se mueven entre la amistad y el afecto fraternal. No es el tipo de amor romántico que tú describes. Estás malinterpretando las cosas —dijo Adrián, decidido a defenderse con un tono sombrío.

Yago lo miró con incredulidad.

—Adri, ¿no te gusta Jazmín? Eso es imposible. La relación que tienen es un secreto a voces en nuestro círculo.

—¿Qué secreto a voces? ¿Cuándo he admitido yo algo? —La cara de Adrián era un poema, y su respiración, agitada—. ¿Acaso todos ustedes tienen los ojos en la nuca? ¿No saben distinguir entre una amistad y una relación de pareja?

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