Una estaba colgada en la oficina de Selena y la otra en la de Gonzalo Velázquez.
Selena sabía que su línea de investigación era la correcta, lo que la motivó a concentrarse aún más.
El tiempo pasó volando y, cuando levantó la vista, vio que el reloj marcaba las doce.
Parpadeó para aliviar sus ojos cansados y tomó su celular para revisarlo.
Lo tenía en silencio. Había dos llamadas perdidas y dos mensajes.
De inmediato, le marcó a Adrián.
—Por fin contestas —dijo Adrián, ya sin paciencia. Llevaba un rato en casa de Yago, buscando una excusa para irse, pero como ella no respondía, no tuvo más remedio que quedarse a comer con Fer allí.
—Mi tía está enferma, voy a ir a verla al mediodía. Te encargo a Fer —le informó Selena, y colgó.
Adrián se quedó con las palabras en la boca, sintiéndose frustrado.
Yago levantó la vista y lo miró.
—¿Selena sigue trabajando?
Adrián, con cara de pocos amigos, le sirvió un trozo de carne a su hijo y asintió.
—Sí, es una adicta al trabajo. ¿A ti te gustan las adictas al trabajo?
—Sí, me gustan —respondió Yago con total serenidad.
Adrián no dijo nada.
Si no fuera porque eran buenos amigos, ya le habría soltado un puñetazo.
Fer, que comía su carne con gusto, levantó la vista al oír a los adultos hablar e intervino:
—¿Al señor Arias le gustan las adictas al trabajo? ¿Quién es adicta al trabajo?
Adrián se sobresaltó. Su hijo ya estaba creciendo y empezaba a prestar atención a las conversaciones de los adultos.
De ahora en adelante, tendría que tener cuidado de no hablar de esos temas delante de él.
—Tu mamá es una adicta al trabajo —dijo Yago con una sonrisa divertida.
La expresión de Adrián se endureció. Miró a Yago y le exigió con seriedad:
—No le metas ideas raras al niño.
Yago se quedó perplejo. Eran solo unas palabras, ¿qué tenían de raro?
Pero bueno, Adrián acababa de divorciarse. No iba a ponerse a discutir con un hombre en su situación.
***
Al salir del trabajo al mediodía, Selena pasó por una frutería y luego por una tienda departamental para comprar varias cosas. Después, se dirigió a casa de Patricia Álvarez.
Patricia acababa de recibir una inyección y estaba descansando en casa, sin planes de cocinar.
Al oír el timbre, se levantó a abrir y, al ver a Selena, sintió una calidez en el corazón.
—Tía, mejor no hablemos de él. Quería proponerte que te mudaras a vivir conmigo —dijo Selena. Le preocupaba que su tía estuviera sola en casa sin nadie que la cuidara. En su nuevo hogar, contrataría a dos empleadas, y su tía podría ayudarla a administrar la casa y cuidar del niño, apoyándose mutuamente.
—¿De verdad? ¡Claro que quiero! —Los ojos de Patricia se iluminaron y su ánimo mejoró al instante—. Pero, me da miedo ser una molestia para ti, ya soy una anciana…
—Tía, apenas tienes cincuenta y tantos, ¿cómo que anciana? —la interrumpió Selena—. Me encantaría que te mudaras conmigo, sería muy feliz de tenerte en casa. Y claro, también me gustaría que me ayudaras a cuidar a Fer, él te quiere mucho.
—No te preocupes, haré todo lo posible por cuidar bien de Fer —dijo Patricia, con lágrimas de emoción—. Selena, soy muy afortunada de tener una sobrina tan buena como tú.
—El honor es mío —respondió Selena con una sonrisa.
Después de comer, Selena decidió volver al laboratorio por la tarde. Fer estaba con Adrián, así que no tenía de qué preocuparse.
Además, había escuchado que es bueno que los padres pasen más tiempo con sus hijos para que desarrollen un carácter más fuerte.
***
Selena regresó al laboratorio poco después de las dos de la tarde. Al llegar a su oficina, se encontró a alguien esperando en la puerta.
—Prima… —dijo Jazmín en voz baja al verla—. Llevo más de una hora esperándote. Por fin llegas.
Selena, con el rostro endurecido, abrió la puerta y entró a su oficina.
Jazmín la siguió y, apenas entró, se arrodilló de golpe frente a Selena.
—Prima, pégame, grítame, me lo merezco.
***

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