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La esposa invisible romance Capítulo 23

Esa noche no salimos.

Günter fue al pequeño mercado del pueblo mientras yo me quedé en la suite, envuelta en una de las mantas que el hotel dejaba sobre el sofá.

La nieve no dejaba de caer, pero ya no era tormenta: era una danza suave, como si el invierno se estuviera disculpando por todo lo que arrastraba.

Cuando regresó, traía una bolsa llena de ingredientes y una expresión resuelta.

—Hoy cocino yo —dijo, dejándola sobre la encimera.

—¿Desde cuándo cocinas?

—Desde que entendí que la buena voluntad no basta para salvar un matrimonio. Pensé que un risotto decente al menos podía ser un buen gesto.

Sonreí. No porque fuera gracioso. Sino porque me dolía que él aún intentara.

Porque también me dolía que ahora fuera amable.

Me acerqué y empecé a ayudarlo. Lavé los champiñones, corté las cebollas. Él se encargó del caldo y del arroz. No hablamos mucho, pero la cocina se llenó de vapor, de aromas, de risas espontáneas cuando él se equivocaba y fingía que no.

El risotto quedó delicioso. No sabía si era por el hambre o por lo que se había cocinado además del arroz, pero ambos comimos en silencio, como si quisiéramos grabar ese momento en algún rincón privado de la memoria.

Después de cenar, lavamos los platos juntos. Como dos personas que llevan años haciendo eso en la misma cocina.

Como si hubiéramos tenido una vida diferente.

Cuando terminamos, él sacó una manta y encendió el fuego de la chimenea. Me llamó con un gesto.

—Ven. No vamos a hablar. Solo siéntate.

Fui. Me senté entre sus piernas, la espalda contra su pecho. Él me envolvió con los brazos y apoyó la barbilla en mi hombro.

—¿Estás cansada? —susurró.

—No. Solo tranquila.

—Me gusta que estés tranquila.

Me besó detrás de la oreja, muy suave.

Y luego no dijo nada más. Solo respiró conmigo, el calor del fuego delante, el silencio tibio entre los dos.

En ese instante, sin relojes, sin relojes ni promesas, me pregunté por primera vez en días, si tal vez nos habíamos equivocado no antes, sino después.

Si quizá lo que nos faltó fue tiempo.

Pero ya era tarde para eso.

Y aún así… esa noche, me dejé abrazar.

Una vez más.

La leña crujía con un ritmo pausado, casi hipnótico. Afuera, la nieve seguía cayendo como si quisiera esconder el mundo bajo un manto nuevo, limpio, intacto. Pensé en cómo algo tan frío podía, a veces, envolver con tanta calidez.

Günter no se movía. Ni siquiera cuando mi respiración se volvió más lenta, ni cuando mis dedos, sin pensarlo, se aferraron a los suyos. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero por primera vez en mucho tiempo, no me importó no saberlo.

—¿Recuerdas aquella vez en Lisboa cuando éramos unos adolescentes? —pregunté, casi en un susurro, sin saber por qué.

Él tardó un momento en responder.

—Cuando se nos perdió el mapa y terminamos en aquel callejón lleno de gatos.

—Sí. Y tú dijiste que era el mejor error que habíamos cometido.

—Lo sigo creyendo.

Me giré un poco, lo justo para ver su perfil bañado por la luz anaranjada del fuego. Sus ojos estaban más suaves que de costumbre. Más cansados también, pero sin rencor.

—¿Qué pasó con nosotros? —pregunté sin esperar respuesta. —Antes solíamos ser buenos amigos.

Y como si eso bastara, él simplemente bajó la mirada y acarició mi mano con el pulgar. No hacía falta decirlo. Lo sabíamos los dos.

El amor no siempre muere con un grito. A veces se va apagando con la delicadeza de una vela que se queda sin aire.

Nos quedamos en silencio, el tipo de silencio que se parece más a una tregua que a una conversación. En algún momento, me quedé dormida. Me desperté unas horas después, aún entre sus brazos, con la manta sobre los hombros y el fuego convertido en brasas.

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