Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 34

Era lunes. De esos tranquilos, con el olor a café flotando por el apartamento. Yo estaba sentada en el suelo, con una manta sobre las piernas y un cuaderno abierto. Había empezado a escribir de nuevo. No sobre lo que pasó, sino sobre lo que siento ahora.

Lo que queda después del duelo. Después del miedo. Después del dolor que ya no grita, pero susurra.

Cassian apareció en la puerta con dos tazas. Una para él, otra para mí.

Sabía exactamente cómo me gustaba: poco azúcar, leche de avena, sin prisas.

Se sentó a mi lado, en el suelo y no dijo nada al principio, solo me miró como si estuviera esperando que yo volviera completamente. Y en parte, ya lo había hecho.

—He estado pensando —dijo, después de un sorbo.

—Uy, eso da miedo.

—Muy graciosa. En serio, he estado pensando… en nosotros.

Lo miré. Mi corazón se activó, no de susto, sino de expectativa.

—¿Sí?

—Este apartamento fue el lugar perfecto para reconstruirte. Pero tú ya no estás en ruinas, Olivia. Ya no necesitas este espacio como refugio. Y yo…

Hizo una pausa. Respiró hondo.

—Tengo un ático, en Back Bay. Más grande, más luminoso, con dos terrazas. Y quiero que te mudes conmigo.

Me quedé mirándolo. No por sorpresa. Sino porque sentí cómo esas palabras abrían una puerta nueva.

—¿Contigo?

—Sí. No como una urgencia. No porque tengas que. Sino porque quiero construir una vida real contigo, Olivia. Una donde despertemos juntos, con rutina. Donde haya café cada mañana y caos compartido. Donde tus libros estén al lado de los míos, y tu taza esté donde yo pueda alcanzarla sin preguntar.

No dije nada y el siguió.

—Sé que el apartamento donde estás fue tu primer paso hacia la libertad. Y no quiero que sientas que estás cediendo eso. Lo contrario. Quiero que sientas que dar este paso es elegir, no retroceder. No necesito mudanza mañana. Ni cajas esta semana. Solo quiero que lo pienses.

—No tengo que pensarlo —respondí.

Él alzó las cejas.

—¿No?

Negué. Me incliné hacia él, con los ojos llenos de una certeza que no sabía que ya tenía.

—Me reconstruí aquí, sí. Pero contigo. Y si ahora puedo dormir en paz, reír, escribir, pensar en futuro… es porque tú estuviste.

Cassian me miró sin moverse. Pero sus ojos decían todo.

—Quiero mudarme contigo —dije—. No por comodidad. No por dependencia. Porque ya aprendí a estar sola…y ahora quiero aprender a estar contigo. De verdad. Sin miedo.

Él me abrazó. Fuerte. Con esa mezcla de alivio, ternura y amor que no necesita explicación.

—Te prometo una terraza llena de plantas que no sé cuidar —dijo contra mi cuello—.

Y una cocina donde quemaremos las tostadas. Y una cama en la que siempre haya espacio para ti, incluso cuando te enredes como un gato.

—Me gusta el trato.

—¿Y qué traes tú?

—Mis libros. Mi té. Y esta versión mía que ya no huye.

Esa noche, dormimos abrazados. Pero no como quien se refugia. Sino como quien elige quedarse. Y empezar a construir no un futuro perfecto… sino uno compartido.

Era miércoles. Estaba terminando de guardar libros en una caja para la mudanza cuando el teléfono vibró. No era Cassian. No era el abogado. Era mi madre.

Sentí el estómago encogerse. No por culpa. Por miedo. Por esa vieja sensación de tener que estar lista para justificarme.

Respiré. Respondí.

—¿Hola?

—Olivia.

Su voz era la misma de siempre. Serena, controlada, con esa frialdad elegante que solo las mujeres de mi familia sabían manejar tan bien.

—Hola, mamá.

—¿Pasa algo?

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevas muchos domingos sin venir a almorzar. Y eso no ocurre sin razón.

Silencio.

Me senté en el borde de la cama, con el móvil pegado al oído y las manos frías.

—Creí que… creí que Günter te habría dicho algo.

—¿Günter? No hemos hablado mucho últimamente. Tu padre dice que está muy ocupado.

Pero yo empiezo a preguntarme si algo pasa que nadie quiere decirme.

Ahí estaba. La sospecha. La grieta. La posibilidad de abrirla de golpe… o de cubrirla, como siempre. Y me asusté. No por ella. Sino por mí. Porque no sabía cómo contarle que no estaba en casa. Que no era más “la esposa de”. Que había elegido irme, romper, huir, sobrevivir. Y entonces mentí porque me tembló la voz porque me volvió a doler el juicio antes de recibirlo.

—Estoy bien, mamá. Solo… he estado muy ocupada con trabajo. Mucho movimiento, cambios de rutina. Pero pronto iré. Cuando todo se calme.

—¿Estás segura?

—Sí. Estoy bien.

Silencio. Ella creyó. O quiso creer. No lo sé.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible