No dormí. O si lo hice, fue por lapsos breves, interrumpidos por imágenes que no quería ver y frases que no quería recordar.
Me desperté varias veces con el corazón acelerado, como si en sueños hubiera seguido intentando entender cómo llegamos hasta acá.
A las siete de la mañana, ya estaba vestida. No sabía qué pensaba hacer, ni adónde ir.
Solo sabía que no podía quedarme sentada esperando que el dolor se sedimentara.
Tomé el teléfono. Dudé. Pero finalmente, escribí:
“¿Estás despierto?”
Günter no respondió.
Esperé media hora, después una hora, dos.
Volví a escribir:
“No quiero molestarte. Solo… quería saber cómo estás.”
Nada.
El silencio era otro tipo de castigo, no era rabia, no era indiferencia, era otra cosa.
Era el eco de alguien que necesitaba su propio tiempo, su propia sombra, su propio duelo.
Y yo…yo no sabía si tenía derecho a invadir eso. Pero me dolía más de lo que quería admitir.
Había sido él quien me pidió que me quedara, el quien lloró en mi pecho, el quien me prometió que volvería a buscarme.
¿Y ahora?
Ahora era silencio, ahora era vacío.
Pasé el resto de la mañana caminando sin dirección, sin urgencia. Cruzando calles, entrando en librerías, pidiendo cafés que no tomaba.
Cada tanto, revisaba el celular que seguía sin notificaciones.
Y entonces me di cuenta.
Había pasado de un hombre que me quiso demasiado tarde a otro que me engañó por venganza. Y entre ambos, me había perdido a mí.
Esa tarde volví a casa temprano. No tenía fuerzas para fingir delante de mi padre, ni para fingirme fuerte conmigo misma.
Encendí el teléfono fijo por primera vez en semanas.
El contestador tenía solo dos mensajes: una promoción bancaria y la voz de mi madre preguntando si necesitaba que me enviaran comida.
No llamé a nadie. No quise hablar con Alana, ni tenía energía para explicar lo inexplicable.
Me senté en el suelo, frente a la biblioteca y pasé los dedos por los lomos de los libros.
Uno a uno. Como si cada título pudiera devolverme algo de orden.
Recordé una frase que leí una vez:
“Algunas personas no te abandonan. Solo no saben quedarse.”
Günter no me había abandonado, él simplemente no sabía cómo quedarse.
Quizás ahora estaba volviendo a ser hijo.
Volviendo a ser hombre.
Volviendo a sí mismo, después de años de cargar con una culpa que no le pertenecía.
Y si era así, entonces su silencio… también era parte de sanar.
Pero dolía.
Dios, cómo dolía.
Al anochecer, apagué las luces y encendí una sola vela en la mesa del comedor.
No por estética, por necesidad.
Necesitaba algo que ardiera sin consumirme.
Aunque fuera por unas horas.
Tomé el celular una última vez.
“Solo quería decirte que estoy aquí. Por si quieres hablar. Por si quieres callar conmigo. Por lo que sea.”

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