El resultado fue que en recepción no la reconocieron y le negaron la entrada.
Sin más opciones, Natalia llamó al asistente de Gustavo, pero nadie contestó.
Se quedó esperando afuera del edificio durante horas hasta que finalmente vio al asistente bajar.
En el momento en que le entregó el teléfono, Natalia, sin perder la esperanza, preguntó: —¿Está muy ocupado Gustavo?
¿Por qué no había bajado él mismo?
El asistente respondió con tono formal: —El señor Guzmán está revisando unos documentos importantes.
No estaba ocupado, simplemente no quería bajar a verla.
Esa misma noche, al llegar a casa, Gustavo le dijo fríamente: —No vuelvas a ir a la empresa. Si necesito algo, mi asistente se comunicará contigo.
En ese entonces, aquello destrozó su autoestima y la sumió en una espiral de angustia que duró meses.
Pero en cuanto Silvia regresaba, conseguía de inmediato un puesto en el Corporativo Guzmán. No hacía falta ser un genio para saber que Gustavo había movido los hilos por ella.
Así que esta era la verdadera diferencia entre ser amada y no serlo.
*Toc, toc.*
El sonido de los nudillos contra la puerta de cristal la sacó de sus pensamientos. Natalia bloqueó la pantalla de su celular y recuperó la compostura.
—Señorita Valdés, el señor Lozano la espera en su oficina.
Natalia se levantó y siguió al asistente hasta el despacho principal. El empleado se retiró, dejándolos solos en la enorme habitación.
Tras tres años sin verse, Leonardo había dejado atrás su apariencia juvenil y algo ingenua. Ahora lucía como un hombre maduro, reservado, y con un aura mucho más imponente.
—Siéntate —indicó él, señalando vagamente el sofá, antes de bajar la mirada para seguir jugando en su teléfono.
Natalia tomó asiento y lo miró de reojo. Al notar que estaba jugando videojuegos, no pudo evitar que la comisura de sus labios se contrajera.
Este travieso. Seguía siendo el mismo arrogante y resentido de siempre.
Estaba claro que quería verla, pero la hizo esperar a propósito. Luego, al dejarla entrar, fingía ignorarla jugando en su cara solo para fastidiarla.
Pero Natalia sabía que se lo merecía; ella fue la que rompió su promesa en primer lugar.
Soltando un ligero suspiro, decidió romper el hielo: —Señor Lozano, hay algo que quisiera discutir con usted.

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