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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 89

~ARTEM~

Llevaba varios minutos sentado a la mesa en el comedor de la mansión Volkov cuando escuché movimiento en el pasillo. Una de las empleadas me había servido café al llegar, pero apenas lo había tocado. Tenía demasiadas cosas dándome vueltas en la cabeza como para preocuparme por beberlo.

El día anterior había estado a punto de contarle a Maksim la verdad sobre Mina y todo lo que había ocurrido en México, pero Alessia había entrado justo en ese momento y la conversación había quedado pendiente. Esta vez no pensaba irme sin hablar. Ya se lo debía como Pakhan, pero también como el hombre que había sido mi hermano durante prácticamente toda mi vida.

Había dejado que aquello creciera demasiado, acumulando secretos, muertos, favores y decisiones tomadas a sus espaldas. Y ahora, por si no fuera suficiente, también tenía que explicarle que había decidido casarme.

Maksim y Alessia entraron juntos al comedor. Me puse de pie y los saludé. Maksim respondió con una sonrisa demasiado grande para aquella hora de la mañana mientras ayudaba a su mujer a sentarse como si Alessia fuera a romperse si tocaba la silla sin asistencia. Ella le lanzó una mirada que decía claramente que estaba empezando a fastidiarse con sus atenciones, pero él parecía encantado consigo mismo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Maksim después de sentarse.

Solté el aire lentamente.

—Necesito hablar contigo de algo importante.

Vi cómo su expresión cambiaba. Seguramente había recordado nuestra conversación del día anterior y la confesión que quedó a medias.

—Nosotros también tenemos algo importante que contarte —dijo.

Arqueé ligeramente una ceja.

—¿Qué cosa?

Maksim miró a Alessia. Ella sonrió y, por la forma en que él la contempló, entendí que aquello debía ser bueno.

—Alessia está embarazada otra vez —anunció con una satisfacción absurda—. Vamos a tener otro hijo.

Me sorprendió, aunque probablemente no tanto como debería. Si alguien me hubiera dicho años atrás que Maksim Volkov terminaría empeñado en llenar una mansión entera de niños, habría pensado que estaba drogado.

—Felicidades —respondí—. A los dos.

Alessia sonrió.

—Gracias.

Maksim me observó con atención.

Sabía por qué.

Normalmente habría hecho algún comentario sobre su necesidad enfermiza de seguir reproduciéndose o sobre la posibilidad de que terminara fundando su propia organización criminal únicamente con descendientes Volkov. No lo hice. Mi cabeza estaba en otra parte y Maksim me conocía demasiado bien para no notarlo.

Apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Muy bien. Habla. ¿Qué está pasando?

Me pasé una mano por el rostro.

Había estado preparando mentalmente aquella conversación desde la noche anterior y, ahora que tenía a los dos delante, no sabía por dónde m****a empezar.

Podía decirles que había atropellado accidentalmente a una mujer en una carretera mexicana.

Podía empezar por Ezequiel Montalvo.

Por Emiliano.

Por el trato que había hecho con Valdés sin autorización.

Por los hombres muertos.

O podía ahorrarme algunos rodeos y soltar primero la parte que seguramente iba a hacer que Maksim pensara que había perdido completamente la cabeza.

—Artem —insistió.

Lo miré.

—¿Ocurrió algo en México?

No respondí inmediatamente.

—Déjate de tanta m****a y habla de una puta vez. Me estás poniendo nervioso.

Miré primero a Alessia y después a él.

—Está bien. Ayer me preguntaste por qué estoy viajando tanto a México.

Maksim entrecerró los ojos.

—Sí.

—Y tenías razón. Hay una razón.

Alessia frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué razón?

Tomé aire.

No tenía sentido darle más vueltas.

—Voy a casarme con una mexicana.

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