~MAKSIM~
Una vez que entramos al consultorio, Alessia se acomodó en la camilla con una tranquilidad que yo no compartía, aunque procuré que no se notara. Permanecí a su lado, de pie, con una mano apoyada sobre el borde del colchón y la otra dentro del bolsillo del pantalón.
No necesitaba sentarme. Tampoco necesitaba que nadie me explicara que aquello era un procedimiento rutinario. Había leído suficiente durante las últimas noches para saber que, a esa altura del embarazo, la ecografía permitiría confirmar la ubicación del saco gestacional, estimar con mayor precisión el tiempo de gestación y comprobar si el desarrollo correspondía con lo esperado.
También sabía que una ecografía temprana podía no mostrar demasiado y que, en algunos casos, era necesario repetirla días después. Lo sabía porque había leído tres libros, siete artículos médicos y una cantidad absurda de estudios que Artem había terminado imprimiendo cuando me negué a confiar únicamente en lo que aparecía en internet.
Aun así, nada de eso conseguía que entendiera qué demonios debía esperar al mirar la pantalla.
—Puede relajarse, señor Volkov —dijo la doctora mientras preparaba el equipo—. No estamos desactivando una bomba.
—No sirve de nada que me pida que me relaje, mejor concéntrese en su trabajo y apresúrese a revelarlos lo que tanto nos interesa a mi esposa y a mí.
La doctora levantó la vista hacia mí y después miró a Alessia, como si esperara que ella le ayudara a tranquilizarme. Pero Alessia, lejos de ayudarme, dejó escapar una risa breve y se acomodó el cabello detrás del hombro.
—Lleva así desde que despertó —explicó—. Así que solo ignórelo, de la misma forma en que yo trato de hacerlo.
Su tono me hizo girar la cabeza hacia ella. Alessia me sostuvo la mirada con una expresión burlona, pero no le di el gusto de responder porque estaba más interesado en no dejar que los nervios me ganaran y solo mantenerme alerta.
Los nervios debilitaban el juicio; la alerta me mantenía preparado.
«No, estoy nervioso. Estoy alerta. No estoy nervioso. Estoy alerta», me repetía como un mantra.
Si mi pulso se encontraba un poco más acelerado de lo habitual o si llevaba varios minutos revisando cada movimiento de la doctora, se debía únicamente a que desconocía el terreno. No podía evaluar aquella situación con mapas, informes ni hombres armados. Dependía por completo de una máquina, una pantalla gris y una mujer que parecía demasiado entretenida con mi incomodidad.
La doctora le explicó a Alessia lo que iba a hacer antes de iniciar el estudio. Yo escuché cada palabra con atención, aunque varias ya las conocía. Aun así, saber la teoría no me sirvió de nada cuando la pantalla se iluminó y comenzó a llenarse de sombras, manchas y figuras sin forma aparente.
Entrecerré los ojos, intentando encontrar algo reconocible entre aquella mezcla de blancos, negros y grises, pero todo parecía igual de incomprensible.
Había visto fotografías satelitales tomadas durante tormentas, planos incompletos de edificios y grabaciones nocturnas donde apenas se distinguían siluetas humanas. Ninguna de ellas me había resultado tan inútil como aquella imagen.
La doctora movió el transductor con lentitud mientras observaba el monitor. Su expresión cambió apenas, aunque fue suficiente para que mi atención dejara de centrarse en la pantalla y se desplazara hacia ella.
No parecía preocupada. Tampoco sorprendida. Se limitó a ajustar el ángulo, presionar un botón y ampliar una zona que para mí continuaba siendo una mancha sin sentido.
Alessia permanecía quieta, con los ojos fijos en el monitor, y aunque no podía saber lo que pensaba, noté cómo sus dedos buscaron los míos sobre el borde de la camilla.
Cerré la mano alrededor de la suya sin mirarla.
—Aquí tenemos el útero —explicó la doctora, señalando una parte de la imagen—. Todo parece estar correctamente ubicado.
Seguí la dirección de su dedo con atención. No entendí nada.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Apenas estamos comenzando.
La respuesta me desagradó más de lo necesario.
Había esperado que el proceso fuera más directo. Localizar, confirmar y terminar. En cambio, la doctora continuó desplazando el transductor, deteniéndose de vez en cuando para tomar medidas y guardar imágenes.
Cada movimiento suyo parecía tener un propósito claro: joderme la puta paciencia, porque me obligaba a depender de sus explicaciones y no me gustaba depender de nadie.
—¿Qué está midiendo? —pregunté.
—El saco gestacional.
La palabra consiguió que volviera a mirar la pantalla con mayor atención. Había leído sobre eso.
El saco era una de las primeras estructuras visibles durante el embarazo y debía encontrarse dentro del útero. También podía dar información sobre la evolución de la gestación.
Busqué en la imagen algo que se pareciera a las ilustraciones que había visto en los libros, aunque aquellas eran demasiado claras y ordenadas en comparación con lo que aparecía frente a mí.
—¿Cuál es?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...