~ALESSIA~
Dada por finalizada la pequeña discusión por las extravagancias de mi marido, Maksim abrió la puerta trasera de la camioneta blindada y esperó a que yo subiera antes de hacerlo él mismo. Apenas ocupamos nuestros asientos, el convoy comenzó a moverse con una coordinación impecable.
Dos vehículos tomaron la delantera despejando el camino, el nuestro avanzó en el centro y otros dos cerraron la formación mientras varias motocicletas se adelantaban en cada cruce importante para asegurar las intersecciones.
Observé la escena a través de la ventana con una incredulidad que aumentaba conforme nos adentrábamos en la ciudad. Algunos conductores disminuían la velocidad al ver pasar aquella caravana; otros simplemente se apartaban pensando, con toda lógica, que debía de tratarse de alguna autoridad del gobierno.
—Toda esta gente cree que transportamos a un jefe de Estado —comenté, entre divertida e irónica.
Maksim ni siquiera despegó la vista del informe que seguía leyendo.
—Transportamos algo más importante que un pendejo jefe de Estado.
Lo miré de reojo.
—¿Ah, sí?
Por fin levantó la cabeza.
—Claro. Aquí adentro va el tesoro más precioso de Maksim Volkov: su familia.
No añadió nada más ni hacía falta porque las mariposas en mi estómago comenzaron a pulular enloquecidas de amor por esa bestia bruta.
O quizá eran los cinco bebés que él decía que íbamos a tener que empezaban a dar sus primeras pataditas. Ja, ja, ja.
Claro que no era tan idiota. Sabía que era muy pronto para eso, así que sí, eran las malditas mariposas enamoradas.
El resto del trayecto transcurrió entre llamadas de Artem, confirmaciones de los escoltas y nuevas instrucciones de Maksim que, al parecer, era incapaz de permanecer cinco minutos sin reorganizar algún aspecto del dispositivo de seguridad. Cuando las camionetas cruzaron finalmente la entrada de la clínica privada, varios hombres descendieron antes que nosotros para inspeccionar el edificio una última vez.
Solo después de recibir la confirmación de que todo estaba en orden, que ningún peligro inminente nos acechaba y mi vida y la de mi bebé o mis bebés estaban en riesgo, Maksim abrió mi puerta y me ofreció la mano para ayudarme a bajar.
La doctora Amato ya nos esperaba en la recepción. Apenas nos vio acercarnos, desvió la mirada hacia el impresionante convoy estacionado frente al edificio, levantó las cejas confirmando que mi marido estaba loco para el manicomio y terminó soltando una risa divertida antes de negar con la cabeza.
—Señor Volkov... empiezo a pensar que cada visita suya requiere un protocolo especial.
Maksim no pareció encontrarle ninguna gracia al comentario.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...