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La Heredera del Poder romance Capítulo 2828

Mario jamás se habría imaginado que la criatura que él mismo había criado con tanto esmero algún día se saldría de control y acabaría causando semejante desastre.

Miraba impotente cómo la gente huía en todas direcciones, cómo los edificios se derrumbaban entre estruendos, y en su mirada se reflejaba una tristeza infinita.

¿Y ahora qué hacía?

¡¿Qué hacía?!

Mario empezó a arrepentirse, a lamentar no haber escuchado a Gabriela, y sobre todo, no haber destruido a tiempo a esa bestia que ahora arrasaba con todo. Lo que estaba sucediendo en Estado Luz era, en buena parte, culpa suya. No podía evadir esa responsabilidad.

¡Pum!

En ese momento, una roca enorme rodó hacia él y se le vino encima, aplastándole la pierna.

El rostro de Mario se desfiguró del dolor.

¡Dolía, dolía como mil demonios!

—¡Doctor! —gritó su asistente, corriendo hacia él—. ¡No se preocupe, ahorita lo saco de aquí!

Mario no sabía ni cómo mirar a su asistente. Estado Luz estaba hecho un caos y todo era por su culpa. Por su terquedad.

El asistente, adivinando lo que pasaba por la cabeza de Mario, le dijo con voz firme:

—Doctor Mario, no se culpe. Usted solo quería lo mejor para Estado Luz, ¡créame! Ya verá que lo sacaré de aquí.

Mientras hablaba, el joven asistente trataba de mover la roca que tenía atrapada la pierna de Mario. Era enorme, pesadísima.

Mario estaba pálido como una hoja. No podía ver cómo estaba su pierna bajo la piedra, pero tenía el presentimiento de que ya la había perdido.

En ese momento, Mario levantó la vista y miró al asistente. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de pánico.

—¡Mike! ¡Corre! ¡Corre! —le gritó Mario, casi sin voz, desesperado.

El asistente, confundido, replicó:

—Tranquilo, doctor, no lo voy a dejar aquí solo, ni loco me voy sin usted.

—¡Te digo que corras! —alcanzó a empujar a Mike con una mano temblorosa.

Pero en ese segundo, la bestia apareció y, de un zarpazo, atrapó a Mike por el cuello, levantándolo en el aire como si fuera un muñeco de trapo.

—¡Suéltalo! ¡Suéltalo! —rugió Mario, fuera de sí.

Frente a sus ojos, la bestia destrozó a su asistente y se lo devoró sin piedad.

La escena era tan brutal que parecía sacada del mismo infierno.

En ese momento, el dolor físico de Mario quedó en segundo plano ante el horror de lo que acababa de presenciar. Apenas podía respirar.

¿Por qué? ¿Por qué le estaba tocando vivir todo esto?

—¡Cómeme a mí! —le gritó a la bestia, con la voz rota—. ¡Llévame a mí!

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