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La Heredera del Poder romance Capítulo 3131

Selena estuvo un buen rato tocando la puerta, pero nadie le abría. Frunció el ceño, impaciente, y alzó la voz:

—¡Sofi! ¿Dónde estás? ¡Ábreme la puerta!

Ya le parecía el colmo que Sofía no quisiera comprarle la casa que tanto le había pedido, ¡pero ahora ni siquiera abría la puerta!

En ese momento se le acercó la trabajadora doméstica.

—¿Señora Reyes? —le preguntó la muchacha.

—¿Qué pasa? —respondió Selena, volviéndose hacia ella.

—¿Está buscando a la señora? —le dijo la empleada.

—Sí —asintió Selena.

—La señora no está en casa —contestó la muchacha.

¿No estaba en casa?

Selena ya estaba de mal humor, y al escuchar eso se enfadó aún más.

—¿Cómo que no está? ¿Y entonces a dónde se fue? Si hace un rato ustedes me dijeron que estaba descansando en su cuarto, ¿no que sí?

¿A qué venía todo eso? ¿Le estaban tomando el pelo? ¿Ahora hasta la empleada se animaba a tratarla así?

Selena se sentía cada vez más irritada.

La muchacha insistió:

—La señora acaba de salir.

—¿Acaba de salir? —repitió Selena, sin creerle—. ¡Qué casualidad!

—Ábreme la puerta para ver —ordenó Selena.

Quería ver con sus propios ojos el jueguito de Sofía.

La empleada vaciló, incómoda.

—En serio, la señora salió hace poco —repitió.

Selena, ya harta, soltó:

—¡Perfecto! Entonces la espero en la sala.

Ella sabía bien que Sofía no había salido, seguro estaba escondida en su cuarto, evitando verla.

Quería ver hasta dónde llegaba Sofía con su teatro.

Dicho esto, Selena bajó las escaleras y fue a sentarse a la sala.

Pasó más de una hora esperando y no apareció nadie.

De pronto, se escucharon pasos afuera.

Selena volvió a fruncir el ceño. ¿Será que de verdad no estaba en casa?

Unos segundos después, Sofía entró por la puerta, cargando bolsas.

Selena sonrió, fingiendo alegría.

—¡Sofi! ¿Dónde andabas?

—Salí a comprar unas cosas —contestó Sofía, sin mucha emoción.

—Ya veo...

Sofía miró a Selena y le preguntó:

—¿Me buscabas por algo?

—¿O sea que quieres que te la compre yo?

—¿Cómo que “quieres que te la compre yo”? ¡Somos hermanas! Es normal que nos echemos la mano.

Selena hizo una pausa, luego intentó cambiar la táctica:

—Bueno, si no quieres comprarla, al menos préstame el dinero.

Pero ese “préstamo” era solo de palabra: si Sofía le prestaba algo, Selena ni pensaba devolvérselo.

—No tengo dinero para prestarte —le contestó Sofía, sin titubear.

—¿Cómo que no tienes dinero? —insistió Selena, molesta—. ¡Sofi, no puedes ser así! Cuando tú estabas mal, yo no lo dudé ni un segundo. Y ahora que te toca a ti, ¿me sales con esto? ¡Qué decepción!

Su tono era de total reproche.

—Piensa bien —añadió—. ¡Si no fuera por los trescientos pesos que te di en aquel entonces, ni siquiera hubieras podido entrar a la casa de los Lozano!

Sofía clavó la mirada en ella.

—Si no fuera por esos trescientos, no hubieras puesto un pie en esta casa —le respondió, firme.

Selena se quedó helada.

—Te conviene parar aquí —le dijo Sofía—. Entre tú y yo nunca hubo mucho de “hermanas”.

Sin decir más, Sofía se dio la vuelta y se fue.

Pasaron varios segundos antes de que Selena reaccionara. Cuando por fin lo hizo, empezó a dar zapatazos de coraje.

Ya de regreso en su cuarto, Selena seguía furiosa.

A su lado, Cecilia, con ese tono sarcástico tan suyo, le soltó:

—Ya te lo dije, ella no te ve como su hermana, pero tú insistes en venir…

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