Selena apretó los puños por la furia.
¡No esperaba que esa infeliz fuera tan descarada y que, en su primer día de regreso, se atreviera a pelear por la habitación!-
¡De verdad se notaba que se había criado en un pueblo, no tenía modales!
Dijo, separando cada sílaba:
—¡Quiero ver quién se atreve a sacar mis cosas!
El Mayordomo Zapata se quedó en la sala, visiblemente incómodo.
Por un lado, estaba la señorita mayor a la que había visto crecer; seguramente había sufrido mucho en el campo todos esos años, y le daba pena.
Por otro lado, estaba la segunda señorita, la consentida del señor Lorenzo y de Doña Blanca, a la que nadie se atrevía a contrariar.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación principal del segundo piso se abrió.
Doña Blanca, con una mascarilla facial puesta, salió de allí.
Con sus manos perfectamente cuidadas se quitó la mascarilla y en su rostro se notó una evidente irritación:
—¿A qué se deben tantos gritos?
Selena sintió que había llegado su salvación y comenzó a quejarse de inmediato:
—Mamá, acaba de llegar y ya quiere quitarme mi cuarto. Hasta le dijo al mayordomo que tirara todas mis cosas al cuarto de servicio... Una chica del campo como ella, ¿qué derecho tiene a quedarse con la mejor recámara? No se la voy a dar...
Blanca bajó las escaleras.
Su mirada se detuvo en el rostro de Clara.
Ese rostro era idéntico al de aquella mujer en sus recuerdos.
Y le causaba asco y envidia.
En el rostro de Clara apareció una sonrisa mientras decía lentamente:
—Ya regresé.
Esas dos palabras salieron despacio.
Odiaba que la gente comentara que había sido la amante antes de convertirse en la esposa legítima.
Mencionar el tema era darle justo en donde más le dolía.
Blanca respiró hondo y dijo con frialdad:
—Selena, déjale la habitación. Tú te mudas al tercer piso, al cuarto de al lado de Cristóbal.
Las largas pestañas de Clara temblaron de golpe.
Cristóbal. Su hermano menor, que ese año debía tener quince años y cursaba el primer año de preparatoria.
Apenas se llevaban un par de años; habían crecido juntos y se tenían mucho cariño.
El día de su duodécimo cumpleaños, su madre, por apresurarse para cantarle las mañanitas, había sufrido aquel accidente de auto.
La familia exageró y tergiversó el asunto de la muerte de su madre, haciendo que sus cuatro hermanos la culparan a ella. La culpaban, le guardaban rencor y la odiaban.
Recordaba que, en su vida pasada, desde que regresó a esa casa hasta el día de su muerte, Cristóbal nunca le había dirigido la palabra por iniciativa propia.

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