—¿Y si no quiero que lo hagas? —susurró tan bajo que casi no la escuché.
—¿Qué?
—Me escuchaste —se deslizó hacia abajo y se recostó de lado, mirándome.
—Quiero ir despacio contigo. Es lo que mereces. Despacio y con cuidado. Deberías ser tratada como un tesoro y no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Nunca he estado con una mujer —cerré los ojos, esperando las burlas.
—Disculpa, ¿qué? —Sentí que la cama se movía a mi lado—. ¿A qué te refieres, exactamente? Porque tengo... bueno, solía tener los moretones que demuestran que has estado con otras. —Levantó su camiseta y señaló su abdomen. El problema era que, en esa posición, tenía una vista inolvidable de sus bragas de encaje negro reposando bajo sobre sus caderas, y solté un gemido.
—Lo siento. Sé que no tengo la misma figura que las hembras con las que prefieres estar —Su voz pasó de ser cariñosa y segura a sonar insegura en cuestión de segundos.
Se bajó la camiseta rápidamente con una mano y agarró la manta con la otra.
—Por favor, no hagas eso.
—¿Hacer qué?
—Compararte con nadie. ¿Tienes idea de lo hermosa que eres? Por favor, no te cubras.
—Sé que no soy tu tipo. Eso es todo.
—No sabes nada de mí.
—Sé que tienes una reputación y que hay rumores bastante fuertes circulando, por lo que he escuchado las pocas veces que he salido de la casa de la manada.
—Bueno, los rumores me han ayudado a mantener a la manada a raya durante mucho tiempo. Dejo que circulen si no causan ningún daño directo y, hasta entonces, los rumores sobre mi vida amorosa habían mantenido alejados a los buitres.
—Solo te gustan las morenas.
—Solo me han visto con morenas.

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