—Eres una maldita provocadora. Quiero saber qué tan mojada estás por mí.
—Deberías mirar hacia abajo. Estas bragas de encaje están arruinadas por tu culpa. Mantén las manos en el colchón. Buen chico. ¡Oh, MIERDA! ¡SÍ! ¡Ahhh!
Hundí mi sexo en él con tanta fuerza que el encaje empezó a lastimarme en donde se había movido. Sin embargo, no me detuve hasta dejar pasar toda la ola; aquello era demasiado bueno. Las paredes de mi coño seguían vibrando y palpitando, pero finalmente me moví para bajarme de Ryker.
Copyright ©️ 2024 Miss L Writes and Ember Mantel Productions
—¡Espera! ¿A dónde vas? —Se movió como si fuera a detenerme.
—Soy un desastre por tu culpa. Voy a ducharme, quiero estar limpia antes de irme a dormir.
—¿Puedo mirarte?
Fingí pensarlo. ¿Quería que me mirara? Claro que sí. ¿Todavía tenía ganas de torturarlo? También, claro que sí. Asentí una vez antes de alejarme.
—No tienes permitido tocarte para nada —le dije por encima del hombro.
—¿Puedo ver cómo te tocas? Sé que te queda otro orgasmo. La noche en el balcón no pude ver cómo te venías y es de lo único que me arrepiento de esa noche.
Me dirigí a la ducha y el recuerdo de él presionándome contra el cristal hizo que mi cuerpo se encendiera de nuevo. Me quité la camiseta, pero me dejé todo lo demás puesto mientras abrí la puerta de cristal y entré a la enorme cabina.
—Aún no, Alfa —le dije.
Él había dicho que solo había llamado Alfa a su lobo desde que llegué allí, pero recordaba claramente haber usado su título aquella noche en el balcón y haber obtenido una respuesta agradable. Tal vez guardara el título de Ryker para momentos como aquellos. Solo podía esperar que tuviéramos más.
Me quedé de pie bajo el chorro de agua, dejando que mi cabello y mi lencería se empaparan. Podía sentir su lujuria por mí en el aire. Probablemente podría haberme quedado allí de pie, concentrarme en la sensación y venirme de nuevo.
Pero eso no era ni la mitad de divertido que torturarlo. Así que me di la vuelta, me apoyé contra la áspera pared de piedra y lo miré fijamente. Él había seguido las instrucciones y se estaba aferrando al marco de metal de la puerta. A juzgar por el color de sus dedos, ese marco podía tener abolladuras por su agarre. Sus shorts de básquetbol estaban a punto de rasgarse por las costuras debido a su enorme erección.
Me quedé allí de pie mientras él me recorrió con la mirada. Comenzó por mis pies y, con una lentitud dolorosa, fue subiendo los ojos. Para cuando me miró directo a los ojos, yo estaba jadeando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Luna no deseada por el Alfa