—¿Qué te gusta, cariño? Todo esto es nuevo para mí. Necesito que me lo digas.
—Ya sabes lo que me gusta —Jadeé mientras él lamía un poco más fuerte—. Mmm. Me guiaste a través de dos de los mejores... eh... orgasmos de mi vida. ¡Ah, sí! Eso me gusta.
No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero las piernas me temblaban y las sacudidas no dejaban de recorrer el cuerpo. Respiraba con dificultad y comenzaba a sudar de nuevo. Entonces me dio una palmada en el trasero.
—¡Dime lo que quieres, ahora! —Me dio otra palmada. Lo que no sabía era que me gustaba, y mucho.
—Necesito más. Mete un dedo, por favor. —Hizo lo que le pedí y pude escuchar el gruñido de aprobación que retumbó en su pecho. Movió la mano más rápido—. Ryker, por favor, no puedo aguantar así mucho más.
Antes de darme cuenta de lo que pasaba, me levantó en brazos y me lanzó sobre la cama. Me arrancó los leggings. Ryker volvió a arrodillarse, pero esta vez yo estaba boca arriba, sus imponentes hombros separándome las piernas, y pude ver sus ojos marrón chocolate pidiéndome permiso.
—Te necesito. Por favor. —Se inclinó hacia adelante despacio, sin romper el contacto visual mientras me saboreaba de nuevo. Algo en esa mirada hambrienta y sencilla resultaba más intenso que cualquier palabra que pudiera haber dicho, y en cuanto deslizó el grueso dedo dentro de mí, exploté—. ¡OH, MIERDA! ¡RYKER, SÍ!
Se me nubló la vista y se me cortó la respiración mientras mis paredes lo aprisionaban con fuerza y mi cuerpo se convulsionaba. Siguió embistiendo fuerte hasta que bajé de las nubes.
Se arrastró por mi cuerpo, besando la piel expuesta de mi abdomen. Entre beso y beso, susurró:
—Me encanta el yoga, y me encantan estos pantalones, y me encanta cómo dices mi nombre cuando te vienes.
Solo le sonreí, envolví las piernas alrededor de su cintura y froté mi clítoris todavía inflamado contra él.
—De verdad quiero escucharte gritar mi nombre.
Se inclinó para besarme y todavía pude saborearme en sus labios.
—Todavía no —dijo, besándome de nuevo mientras se frotaba contra mi centro húmedo—. Pero pronto, creo. No puedo resistirte. Eso está claro.
Con toda su resistencia, no dejó de besar cada centímetro del cuerpo, y yo no hice nada por distraerlo de su misión.

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