—¿Qué tienes en mente, jefe?
—La Luna quiere ir en la parte trasera de mi camioneta para no contaminar los vehículos con acónito. Josh traerá un auto para que la familia de Emily los siga. Esas dos no quieren que nadie se les acerque para que nadie más se enferme.
—¿Cuándo te dijo eso? —preguntó Bennet.
—No tuvo que decírmelo. Es la misma razón por la que no dejó que nadie más bajara al barranco. Según parece, no es inmune al acónito, pero habría sido mucho peor para cualquiera que hubiera bajado. Yo habría hecho lo mismo si la situación fuera a la inversa.
Conseguimos los vehículos y le pedí a Robin que cargara la parte trasera con mantas extra para que estuvieran cómodas. El trayecto sería un poco más largo, ya que manejaría más despacio de lo que jamás había manejado en mi vida. La carga era demasiado valiosa.
Ver a Kennedy acurrucada con la pequeña hacía que todas las mariposas que habían existido jamás revolotearan en mi pecho. Ese día había sido el más emotivo de todos, y no creía que la montaña rusa hubiera terminado, porque quería que Kennedy supiera que yo sentía lo mismo, y así había sido por un tiempo, pero solo pensarlo me daba ganas de vomitar.
La Sanadora Bradshaw sabía lo mucho que sus padres y yo estábamos preocupados por nuestras chicas. Se ocupó con eficiencia del ritual de descontaminación por el que pasaron. Bueno, me dijeron que sería rápido. Estuvieron fuera más de una hora, aunque una de las enfermeras me aclaró que, dependiendo de la exposición y la afectada, podía tardar días eliminar el acónito del sistema.
Esperaba que eso significara que Emily no había ingerido demasiado veneno mientras yacía entre aquellas plantas aplastadas y húmedas.
Cuando por fin nos dejaron entrar, las dos estaban acurrucadas juntas en una cama del hospital, con los ojos cerrados.
—Así, casi parece la hija de la Luna —susurró el padre de Emily, y tuve que darle la razón.

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