—No quiero que cambies nunca. Esta será tu ropa de dormir obligatoria por el resto de tu vida.
Ella me rodeó el cuello con los brazos para acercarme a un beso tierno.
—Por más que quiero disfrutar de esto —Se meció de lado a lado sobre mi verga y solté un gemido—. Necesitas relajarte…
—Puedo relajarme, te lo juro —Me quejé un poco; no me importaba suplicarle, y me incliné para un beso más profundo. Pero ella se echó hacia atrás.
—Tengo una mejor idea —Me tomó de las manos y me arrastró hacia la puerta.
—¿Cuál? —Estaba tan lelo que simplemente la seguí.
—Sígueme —Guiñó un ojo y se dio la vuelta, soltando una de mis manos para arrastrarme por el pasillo hacia la cocina. Más valía que estuviera rumbo a las escaleras traseras, porque si siquiera bromeaba con comida, la iba a cargar al hombro y a salir corriendo.
Por suerte, había terminado de tomarme el cabello, por ahora. Nos dirigimos a su antigua habitación. La puerta del cuarto principal estaba cerrada y ella ni siquiera la miró. Lo que no sabía era que Robin tenía planes de vaciarlo. Ya habían sacado todos los muebles. Quería sorprender a Kennedy cuando hiciéramos su Ceremonia de Luna.
Sin embargo, no se detuvo en la cama como yo esperaba. Me jaló hacia el baño y los pensamientos se me fueron a la última vez que habíamos estado allí juntos. Había mandado a arreglar la ducha, pero no me habría molestado tener que arreglarla de nuevo a cambio de repetir aquella noche.
—Nada de duchas, niño cachondo —se rio de mí.
—Pero… —me quejé.
—¡No! Pero vamos a darnos un baño —me quedé helado mientras ella me arrancaba la camiseta, dejando al descubierto absolutamente todo.
—¿Estabas desnuda abajo, en el piso principal? ¿Donde cualquiera pudo haberte visto? —Me empecé a enojar.
—¿Tan posesivo? —Me guiñó el maldito ojo antes de agacharse a abrir el grifo—. Llevo horas aquí arriba esperándote. No eres el único que tiene las ganas acumuladas.
Ese azul glacial mirándome por encima del hombro fue la gota que derramó el vaso. Avancé de una zancada, la alcé entre chillidos y la giré para envolver su cuerpo alrededor del mío. No dudó en besarme como si fuera lo último que necesitaba en este mundo. No fue dulce ni tierno; fue hambriento y desesperado. Todo lenguas, dientes y labios. Empezó a moverse contra mí y sentí cómo el elástico del pantalón cedía con ella.
—Quítatelos… ¡Ahora! —exigió.
—Mírame —Exigí. Fue lo primero coherente que dije—. Necesito verte, mirarte todo el tiempo.
Me retiré apenas un poco y volví a entrar por completo, encontrando el ritmo. Esto era el paraíso, el paraíso absoluto.
—Más rápido, por favor —Esas malditas palabras eran mi perdición y ella lo sabía.
Mi cuerpo tomó el control, como si lo hubiéramos hecho mil veces. Arremetí contra ella escuchando todos los sonidos que hacía. Mirando sus pechos rebotar con cada embestida. Justo cuando nuestros cuerpos empezaban a humedecerse por el sudor y el vapor del agua demasiado caliente que llenaba la tina, sentí los primeros estremecimientos en su centro y el cuerpo empezó a tensarse; ambos estábamos tan cerca.
—Ven conmigo, Corderito —empecé a embestirla sin parar y ella me apretó los hombros con más fuerza.
—¡OH, CARAJO, RYKER! Así, sí… oh sí, sí, sí. ¡AHHH!
Gruñí cuando mi propio orgasmo siguió al suyo y no pude contener el flujo interminable que la llenaba. Su cuerpo me exprimía hasta la última gota y quizás no sería capaz de caminar después de aquello.

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