—Entonces lo que dices es que eran más listos que tú. ¿Por qué seguiste obedeciéndola a ciegas?
—Eso hacen los compañeros. Somos ciegos a la verdad. —Di un gran trago de agua. El dolor de la presión me distraía de la bilis que siempre brotaba cada vez que mencionaban a mi antigua compañera—. Ella usó la confianza que ellos tenían en mí y me proclamó líder de la manada. Ninguno discutió, ya que yo ayudaba a tomar decisiones y suponían que tal vez ella intentaba integrarse apoyándome. Era muy buena usando mi nombre para conseguir lo que quería. Era una manipuladora de primera.
Respiró profundo y tomó agua de nuevo.
—Bien, entonces, ¿qué eras antes de todo eso? —Se sentó, como si realmente quisiera escuchar la historia.
—Mi manada era pequeña. Mi papá, mi mamá, mi hermano y yo éramos guerreros. Una noche nos emboscaron cien lobos. Todavía no sé quiénes eran, pero no tuvimos oportunidad. Eliminaron primero a nuestro Alfa y a su familia, y después fueron por el resto de la manada. Logré salir con unos treinta más, la mayoría cachorros. Aunque no nos persiguieron, lo cual siempre me pareció extraño. Se instalaron en el territorio y nosotros seguimos adelante. —Me encogí de hombros.
—¿Cuántos años tenías?
—No, no. Si quieres información, tienes que darla también.
—¿Qué? ¡No! Eso no es justo.
—Entonces necesitas ser mejor interrogadora. —Le guiñé el ojo. Hacía mucho que no contaba esa historia y me sentía más ligero.
—¿Descubriste algo sobre estos rebeldes mientras estuve fuera? Pude oler tu rastro alrededor del perímetro sur.

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