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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 254

—Entonces lo que dices es que eran más listos que tú. ¿Por qué seguiste obedeciéndola a ciegas?

—Eso hacen los compañeros. Somos ciegos a la verdad. —Di un gran trago de agua. El dolor de la presión me distraía de la bilis que siempre brotaba cada vez que mencionaban a mi antigua compañera—. Ella usó la confianza que ellos tenían en mí y me proclamó líder de la manada. Ninguno discutió, ya que yo ayudaba a tomar decisiones y suponían que tal vez ella intentaba integrarse apoyándome. Era muy buena usando mi nombre para conseguir lo que quería. Era una manipuladora de primera.

Respiró profundo y tomó agua de nuevo.

—Bien, entonces, ¿qué eras antes de todo eso? —Se sentó, como si realmente quisiera escuchar la historia.

—Mi manada era pequeña. Mi papá, mi mamá, mi hermano y yo éramos guerreros. Una noche nos emboscaron cien lobos. Todavía no sé quiénes eran, pero no tuvimos oportunidad. Eliminaron primero a nuestro Alfa y a su familia, y después fueron por el resto de la manada. Logré salir con unos treinta más, la mayoría cachorros. Aunque no nos persiguieron, lo cual siempre me pareció extraño. Se instalaron en el territorio y nosotros seguimos adelante. —Me encogí de hombros.

—¿Cuántos años tenías?

—No, no. Si quieres información, tienes que darla también.

—¿Qué? ¡No! Eso no es justo.

—Entonces necesitas ser mejor interrogadora. —Le guiñé el ojo. Hacía mucho que no contaba esa historia y me sentía más ligero.

—¿Descubriste algo sobre estos rebeldes mientras estuve fuera? Pude oler tu rastro alrededor del perímetro sur.

Me costó apartar la mirada de ella una vez que guardó toda la ropa. Sin contar que estaba malditamente loca, era perfecta. Su cabello castaño oscuro tenía unas mechas rojizas increíbles y lo llevaba lo bastante corto como para que revoloteara alrededor de la cara con cada movimiento, pero sin taparle jamás la vista. Mi lobo, inútil como siempre, me envió una imagen de esos mechones sedosos enredados entre mis dedos. Todo su cuerpo tenía definición, pero aun así se veía suave al tacto. Sus pechos se volvían perfectos en forma de lágrima y sentí que se me hacía agua la boca.

—¿Ves algo que te guste? —Me devolvió mi propia pregunta con una sonrisa burlona.

Por la Diosa, quería darle unas nalgadas hasta quitarle lo atrevida.

—Deberías sentirte halagada. Hace mucho que una hembra no despierta mi interés. —Pasé junto a ella y me transformé antes de poder decir otra estupidez.

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