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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 258

—¿Estás listo si se convierte en una pelea?

—¿¡Qué!? —Me giré rápidamente. Tenía que estar bromeando. No podía estar cuestionando en serio mi lealtad en ese momento.

—Me refiero a que viviste y peleaste junto a ellos. ¿Vas a poder pelear contra ellos?

—Tú nunca tuviste que vivir como rebelde, así que no espero que lo entiendas, pero la respuesta corta es sí, puedo pelear contra ellos. Ellos —señalé hacia la abertura— nunca fueron realmente parte de nuestro grupo. Eran las sanguijuelas que iban de arrimados. Y eso lo dice alguien que ha tenido más de un par de encontronazos con vampiros.

—¡Está bien! Entiendo, no te caen bien. Guárdate la hostilidad para la pelea.

—No estoy siendo hostil. Estoy cansado de que me cuestionen tú y todos los demás.

—Espera…

Un gruñido retumbó entre la fina cortina de árboles a mi alrededor y se desató el caos. Las ramas se quebraban y los escombros volaban por todas partes. No entendí lo que estaba pasando durante un segundo, hasta que escuché a Greta chillar.

Miré detrás de mí y ella ya no estaba. Parpadeé entre la porquería que flotaba en el aire y la vi columpiándose dentro de una red de cuerda. Habían colocado trampas. Trampas que yo les había enseñado a construir, malditos.

Greta gruñó frustrada ante eso. Guerrera hasta en eso. Al menos no perdía el control. Si lograba bajarla, aquella iba a ser una pelea entretenida de presenciar. Me volteé y vi a un lobo macho y una loba hembra acercándose a trote lento. Estaba seguro de que Janelle no estaba en ese grupo.

Ella no era peleadora, era una princesita cobarde como su prima. Me transformé y avancé hacia ellos con paso acechante; mi lobo estaba igual de ansioso por pelear, pero no iba a desperdiciar energía corriendo hacia ellos. Ya llegarían. Tampoco parecían tener mucha prisa. Estaba a favor del viento, así que no podía olerlos, pero quizás me habían reconocido y el hecho de que estaba muy lejos de estar muerto les daba algo en qué pensar. Quizás estaban reconsiderando enfrentarme. La hembra cargó contra mí. No, al parecer no.

Intentó usar las garras, pero yo era más grande y simplemente usé mi tamaño en su contra. Ella seguía mordiendo y arañando, apuntando a las patas delanteras de mi lobo. Entendí por qué el macho la dejó ir primero en cuanto una de las garras de la hembra me perforó la piel. Estaban envenenadas. El macho calculó que ella me desgastaría y así podría rematarme fácilmente. Esa mierda dolía como un carajo. La piel me ardía y me hormigueaba donde ella había hecho contacto. Los músculos me daban espasmos. Tenía que seguir adelante.

——¡Finn! A tu izquierda, cincuenta metros, abedul, tres metros del suelo.

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