Finn
Al llegar a la camioneta, un grito desgarrador resonó a nuestras espaldas: alguien gritaba el nombre de Finn. Ambos nos dimos la vuelta y él atrapó sin esfuerzo a la niña que se lanzaba hacia él.
—No, no se vayan —repetía entre sollozos, aferrada a él con toda la fuerza que sus pequeños dedos le permitían.
Finn me miró, pero yo tampoco sabía qué hacer. Los dos estábamos completamente perdidos en esa situación. Una parte de mí deseaba que Ryker estuviera equivocado sobre los padres de Trinity, porque ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo criar a un cachorro ni de cómo manejar arranques emocionales como ese.
—Oye. —Me acerqué e intenté acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja. Recibí un resoplido molesto y la niña se hundió aún más en el cuello de Finn. Tomé aire en silencio, inhalé y exhalé, y miré a Finn. Teníamos que irnos; Janelle era nuestro problema, pero Trinity era nuestra responsabilidad. No sabía qué hacer.
Finn le frotó la espalda para consolarla.
—Trin, ¿por qué no podemos irnos?
—Porque no van a volver —balbuceó entre lágrimas. El sonido salía aún más amortiguado contra el cuello de Finn.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté, poniendo la mano sobre la espalda de la niña junto a la de Finn.
—Los abuelos no volvieron, después mamá y papá no volvieron. Después la tía Jo no volvió. Los grandes nunca vuelven cuando pasan cosas malas.
—Ay, mi niña. —Me acerqué más, apretándola entre Finn y yo. Finn nos envolvió con el brazo que tenía libre—. No puedo hacer promesas. Los ataques de manada son algo muy serio. Pero sí puedo prometerte que los dos haremos todo lo posible por regresar contigo pronto. —Le di un beso en la mejilla y me aparté, mirando a Finn. Estaba igual de destrozado por la reacción de Trinity al vernos partir. Quizás incluso más: él había vivido esa realidad. Sabía lo que pasaba por la cabeza de la niña.
Escuchamos a alguien carraspear.
—Perdón, debí haberla cargado todo el camino hasta las cascadas. —Bennet apenas logró disimular la tristeza. Extendió las manos hacia ella y yo me hice a un lado. Cuando Finn intentó entregársela, Trinity gritó de nuevo, inconsolable. Bennet tuvo que arrancarla de sus brazos. La niña pataleaba y chillaba, y me costó todo el control del mundo no derrumbarme y tomarla de vuelta entre nuestros brazos. Giré a ambos hacia la camioneta.
—Vamos. ¿Quieres que maneje? —susurré.
Negó con la cabeza, la cara dura como piedra. Nos subimos, encendió el motor en silencio y arrancamos. Todavía podía escuchar los ecos de los gritos de Trinity. Cerré los ojos y me hundí en el asiento, tratando de mantener la compostura. Aquella había sido una de las experiencias más horribles de mi vida. Una lágrima rodó por la mejilla y sentí la mano de Finn sobre el muslo. Abrí los ojos lentamente y miré a la izquierda. Los ojos de Finn estaban enrojecidos, pero mantenía la vista fija al frente. Tomándolo del brazo, le pregunté:
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—¿Qué me hiciste?
—¿Hmm? —Me miró confundido un instante y volvió a concentrarse en el camino.
—Antes de conocerte nunca fui tan emocional. Demonios, creo que no había tenido este tipo de emociones en más de una década. Y entonces encuentro a mi compañero y soy un desastre lloroso cada cinco minutos.
Se rio entrecortadamente, todavía con los ojos aguados.
—Tal vez si no lucharas tan fuerte contra el vínculo de compañero, no estarías tan emocional.
—Vamos a patearle el trasero a Janelle y después veré qué puedo hacer al respecto. —Le apreté la mano y me relajé con el cosquilleo.

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