Finn
Éramos una maraña de pelaje y colmillos. El hedor de aquel rebelde era suficiente para provocarme arcadas, pero seguí mordiéndolo. Era rápido, pero descuidado. Sus garras no daban en el blanco porque peleaba con rabia, no con control.
Su lobo se echó hacia atrás y el mío se lanzó hacia un costado, giró rápido y le atrapó el flanco. Le desgarró el músculo y un aullido nos recompensó cuando cayó al suelo e intentó alejarse cojeando. Mi lobo no iba a permitir eso de ninguna manera. Le saltó encima y le mordió la garganta una y otra vez, hasta que finalmente se desplomó.
Cuando mi lobo sintió que el pulso en su cuello se detenía por completo, lo dejó caer al suelo y salimos en busca de nuestra compañera. Escuchaba sonidos de pelea a mi alrededor. Aquel grupo no era estúpido, pero no estaba seguro de cuál era su plan. No habían logrado atravesar nuestras defensas para internarse más en Luna Oscura. No había escuchado ninguna exigencia, amenaza ni lo que querían. Seguí el rastro de los sonidos y la atracción que me jalaba hacia Greta.
Otros dos lobos grises se abalanzaron hacia mí. No podían ser más que unos adolescentes, pero no se mostraban tímidos ni inseguros; los habían alterado con algo y estaban en pie de guerra. Los mantuve a la vista mientras me rodeaban, tratando de intimidarme. Lo que en realidad estaban haciendo era darme un respiro después de la última pelea. Idiotas.
Podía escuchar a otros dos esperando entre la maleza a mi izquierda. De nuevo, sin buen entrenamiento. Si ese era el grupo de Janelle, ¿a qué estaba jugando? Iban a hacer que los mataran a todos. Al menos cuando Sammy y yo formábamos parte de su grupo de rebeldes, entrenábamos para pelear. No de la misma forma que en Luna Oscura, pero al menos era algo que nos ayudaba a coordinarnos.
El primer lobo se lanzó, blandiendo las garras como navajas. Falló, pero me empujó cerca de su compañera. Ella me saltó a la espalda. Dejé que su impulso nos llevara al suelo y rodamos hacia su compañero. No se esperaba que me dejara caer y las patas le perdieron el agarre. Terminé de rodar y le asesté un zarpazo al vientre con las garras, abriéndole la carne desprotegida.

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