Finn
La sala estaba llena de gente cuando por fin logramos entrar. No me gustaban las multitudes, pero había tanta emoción alrededor del nacimiento de la bebé de Kennedy y Ryker que no pude evitar sonreír junto con todos los demás. Trinity se escurrió de mis brazos, pero me tomó la mano con sus deditos diminutos. Era obvio quién mandaba allí.
Miré por encima del hombro hacia Greta, pero lo único que recibí fue una sonrisa y un encogimiento de hombros mientras ella se dirigía a la cocina, y a mí me arrastraban más cerca del sillón abarrotado, donde apenas alcanzaba a ver la coronilla de Kennedy entre la multitud que la rodeaba para felicitarla.
—Vamos, Finn, mira, ¡mira! —Trinity se movía como si nuestros cuerpos fueran del mismo tamaño y yo pudiera deslizarme entre las piernas de los adultos igual que ella—. ¡Vamos, Finn! —dijo, molesta por el paso tan lento. Algunas personas se apartaron y sonrieron al ver las exigencias de una niña decidida.
Cuando por fin logré abrirme paso, la escena me dejó clavado en el lugar. Kennedy sostenía una cobijita rosa diminuta, resplandeciente. Lo único que alcanzaba a distinguir eran unas mejillas pequeñas y una nariz, pero sabía que era perfecta, y que si se parecía aunque fuera un poco a su madre, Ryker estaba perdido. Las tenía a ambas envueltas en su brazo mientras todos soltaban exclamaciones de asombro.
—Es hermosa, chicos. Felicidades. —Kennedy me miró radiante.
—Al menos yo solo di a luz a una. Rayna tuvo dos de una vez; fue increíble, agotador, aterrador y perfecto. —Bajó la mirada hacia el pequeño bulto en sus brazos.
—¿Cómo se llama? —Greta se acercó a mi lado, detrás de Trinity.
—Le pusimos Rosalie, como la mamá de Ken. —Ryker miró de nuevo a su compañera y a su hija. Rosalie soltó un gran bostezo, arrugó la nariz y rompió en un llanto saludable y retumbante—. Bueno, la invitada de honor ya tuvo suficiente. Otro día haremos otra ronda para que todos la admiren —ordenó Ryker, poniéndose de pie en toda su estatura.
Ya estaba en modo protector. Aquella criatura diminuta había soltado un solo quejido de incomodidad y él ya estaba vaciando la sala para darle espacio a su compañera de hacer lo que necesitara para calmar a su hija. No pude evitar sonreír.
—Nosotros subimos a los demás niños y los acostamos. ¿Quieres que se queden todos con nosotros esta noche para que no te estorben? —ofreció Greta.
—Ninguno de ustedes me estorba. —Kennedy sonó ofendida.
—Sabes que no lo dije en ese sentido, Ken. Sé que vas a estar levantándote cada dos horas. Podemos quedarnos con estos cuatro para que ellos también descansen.

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