Elara
—Lleva un equipo y recorran las fronteras. Quiero saber con cuántos estamos lidiando —dijo mi padre con una calma excesiva a mi lado.
Había habido altercados cerca de nuestras fronteras durante meses, pero nada nos había involucrado ni afectado hasta entonces. Esa mañana, uno de nuestros jóvenes guerreros en entrenamiento había aparecido muerto y expuesto como advertencia en la frontera este. Una amenaza clara, aunque no sabíamos por qué.
Los dos guerreros de turno asintieron y se dieron la vuelta para cumplir órdenes. Mi padre me miró y pude ver lo cansado que estaba, aunque no se lo mostrara a los demás.
—¿Por qué ahora? Hemos estado en paz con todos nuestros vecinos durante toda mi vida. ¿Qué quieren? —le pregunté.
—A ti, Elara, querida —dijo mi madre, entrando a la habitación como la diosa que era. Una Omega la seguía con una bandeja. El aroma familiar de su té favorito las precedía. El método infalible de mi madre para resolver un problema era una taza caliente de té de lavanda y menta.
—¿Yo? ¿Qué hice? —Repasé mentalmente cada interacción que había tenido con nuestros vecinos en el pasado reciente. Empecé a asistir a todas las reuniones y negociaciones de Alfas con mi padre cuando cumplí dieciocho.
—Eres una hembra Alfa sin compañero, cariño. Tienes el derecho de gobernar cuando tu padre ya no esté, pero algunos creen que el lugar de una mujer es al lado del Alfa, no como la Alfa. Has estado rodeada de muchos machos que con gusto ocuparían el puesto de Alfa, pero has rechazado todos sus avances.
Me dedicó esa sonrisa suya, la que lo sabía todo. No había rechazado sus avances, sino su afán por convertirse en Alfa como mi compañero elegido. Había una diferencia enorme.

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