Elara
Esto no se parecía a nada de lo que mi padre y mi madre me habían contado cuando hablaban de proteger a la manada a toda costa. Mi atención estaba enfocada en una sola cosa y dispersa al mismo tiempo. Sentía a Ben a mi lado, repeliendo a cualquiera que viniera por mi flanco; Jax y Dev no estaban lejos, al otro costado, protegiendo a la bruja que iba lanzando magia mientras avanzaban.
Sentía el suelo temblar y sacudirse bajo mis patas, y supe que no eran los lobos a nuestro alrededor los que provocaban los temblores. Era Brianna, atrayendo su magia de la naturaleza desde la fuente misma de la tierra.
Sabía que todos hacían lo posible por mantener vivos a esos lobos errantes mientras al mismo tiempo intentaban sobrevivir. La frustración y la tensión recorrían el vínculo de la manada; el esfuerzo podía terminar matándonos a todos. Copyright ©️ 2025 Miss L Writes and Ember Mantel Productions
—¡Brianna! ¿Hay alguna manera de someter a estos lobos? Algo que mi gente pueda hacer. Esta pelea va a ser una carnicería si solo los contenemos hasta agotarnos.
No respondió, pero una ráfaga de viento atravesó los troncos de los árboles entre los que corríamos. Un lobo grande de pelaje leonado se vino contra mí, lanzado de frente con la cabeza baja. Tenía los ojos vidriosos, rojos y opacos. Aceleré. Ese imbécil no iba a acercarse a mi compañero ni a mi manada. La frustración que llevaba años hirviendo bajo mi piel estalló.
El gruñido me salió de pronto, subió por mi garganta como un rugido y resonó por todo el claro. El lobo que cargaba contra mí trastabilló, sacudió la cabeza y siguió su carrera. Esa vez sus ojos parpadeaban entre el rojo y el marrón. Estaba ahí adentro y aun así elegía pelear. Mi sangre hirvió con más fuerza. Intenté mantener el foco en todo lo que me rodeaba, pero el odio que sentía me consumía.
Chocamos en una nube de garras y dientes. Sentí el miedo de Ben a través de nuestro vínculo. Traté de hacerle saber que estaba bien, que quería esto, que lo necesitaba. Necesitaba demostrarme a mí misma que podía proteger a esta manada, que podía manejar ese poder inmenso que no entendía, que merecía la confianza que me había dado este aquelarre.
El lobo era rápido, antinaturalmente rápido. Abrí mi enlace para darle a mi manada mis observaciones. Por más entrecortadas que estuvieran, quería que mis guerreros tuvieran toda la información sin filtrar que pudiera ofrecerles. Me alcé sobre las patas traseras y le clavé las garras en el pecho. Ni siquiera los cortes profundos frenaron su avance. Sentía a mis amigos enfrascados en sus propias batallas alrededor. Un grito de dolor me sacó de aquel ensimismamiento. Era un grito que helaba la sangre, aterrado. No perdí tiempo. Mi loba le arrancó la garganta a nuestro oponente para que pudiéramos darnos la vuelta y atender a la bruja que sufría.
—Hasta aquí llegó lo de intentar salvarlos —le refunfuñé a mi loba mientras avanzábamos entre las otras parejas que peleaban.
—Tú misma lo dijiste. Este eligió pelear, no lo obligaron. Se lo merecía. ¡Ahí!
Vi unas piernas desparramadas en el suelo, pero el resto del cuerpo quedaba oculto por una pareja peleando. Conocía esas piernas. Nos transformamos y corrimos hacia ella.
—¡Marietta! ¿Qué pasó? —grité por encima del estruendo.
Tenía el vestido rasgado y manchado de sangre por todas partes, pero no podía saber si era suya o no.
—Uno me alcanzó con una garra. Creo que tienen algo encima, avísale a todos —gruñó entre jadeos de dolor.

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