No podía evitar sonreír cuando no me estaba viendo.
—Pórtate bien, ¿entendido?
—¿De qué hablas? De hecho, ella pidió que viniera. Voy ganando.
—No presumas, solo te quiere aquí porque tú no puedes hablarle.
—Eso no significa que no pueda comunicarme. —Su risa resonó en mi cabeza mientras nos transformábamos.
Él soltó un resoplido para avisarle que habíamos terminado y que ya podía abrir los ojos. Ella parpadeó un par de veces, observando la forma de mi lobo.
—¡Estás enorme! —dijo ella, impresionada a pesar de sí misma—. Eso pensé también en el bosque, pero estaban pasando muchas cosas. No estaba segura de si mi imaginación lo estaba inventando.
—¿Ves? Le caigo mejor yo. ¡A ti te dijo pequeño y a mí enorme! —se jactó él.
—Ya veremos cuánto dura. Estás más obsesionado con ella que yo. —Él dio un paso cauteloso hacia adelante.
—Aprende del maestro. —Siguió avanzando despacio, paso a paso.
Ella no se inmutó ante el tamaño de mi lobo ni por sus ojos rojo intenso. Esos ojos que les provocaban miedo a los guerreros más rudos, y aquella pequeña humana solo se quedó mirando, curiosa. No olía nervios ni sentía ninguna inquietud.
—¿Están los dos ahí adentro? O sea, ¿me pueden escuchar todo el tiempo?

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