—Vamos a hablar todo el tiempo. Vamos a encontrar la forma de que esto funcione. —Me separé de él y le acaricié la mejilla, intentando sonreír. No me creía ni una palabra de lo que decía, pero por él iba a hacer el esfuerzo. Después abracé a Rayna—. Cuídalo mucho, no sabemos estar separados. —Luego seguí con Ben, Jason y Tommy—. Se van a aburrir muchísimo sin mí. ¿Qué van a hacer?
—Yo, por lo pronto, voy a dormir. ¿Tienes idea de cuántas horas de sueño he perdido en mi vida por tu culpa? —Jason se rio de mí y yo le devolví una pequeña sonrisa.
—Tenemos que irnos, ya nos retrasamos todo lo posible —dijo Ryker detrás de mí. Tuve que esforzarme para no poner los ojos en blanco, aunque no pude evitar suspirar.
Caminé hacia la tía Beth y el tío James para abrazarlos y agradecerles por todo lo que habían hecho por mí. Me tomé mi tiempo solo para ser desesperante. La tía Beth dijo que ella revisaría el estudio mientras no estaba y sentí tristeza. Lo dijo como si esperara que volviera por él, como si fuera un suéter que olvidé.
No sabía si la idea de regresar me hacía más feliz o me ponía más triste. Me habría gustado tener la vida que planeé para mí misma, pero si regresaba, significaría que no había sido suficiente para Ryker ni para su manada y que él me había rechazado.
No tenía idea de qué iba a hacer con el negocio que me había dejado mi mamá. Era lo único que me quedaba de ella y no podía llevármelo conmigo. Ser la encargada había sido mi sueño desde que tenía memoria. Inhalé y me guardé lo que sentía. Podía notar que Ryker se molestaba más con mis despedidas conforme pasaba el tiempo.
Bennet se acercó y me guio hacia el segundo auto. Parecía comprender que necesitaba ayuda para alejarme de mi familia y amigos, a diferencia de mi compañero. Me subí y me quedé sola en el asiento trasero de piel negra. El conductor era un guerrero al que no conocía y Bennet se sentó en el lugar del copiloto.
—¿Y los demás? —pregunté.
—Están repartidos en los otros tres autos y patrullando. El Alfa tenía algunos asuntos que atender y, por lo general, le gusta trabajar mientras manejamos, así que... —Se encogió de hombros.
—O sea, que quería estar en un auto donde yo no estuviera para que no me entere de lo que hace cuando dice “asuntos” y para que no lo moleste con más preguntas. Entendido. Me seguía ocultando cosas, qué bueno saberlo. Si él era el único del que podía aprender, no iba a aprender nada. ¿Te dabas cuenta de lo problemático y frustrante que era aquello, no?
Me cubrí la cara con las manos. Suponía que entendía un poco aquella parte, aunque me pareciera una tontería. Me llevaba a su manada de forma permanente y no sabía nada de mí. Además, iba a convivir de cerca con los lobos más allegados a él. Era un riesgo de seguridad. Pero no iba a admitir que lo entendía. ¿Por qué no había podido decírmelo él mismo? Ay, por favor.
—¿Me das mi mochila entonces? Al menos podría adelantar tarea. El camino no es nada corto.
Él volvió a resoplar.
—También está en el otro auto.
Aquella vez abrió los ojos despacio para mirarme. Sabía que me estaba enojando más a cada minuto y que él iba a recibir todos mis reclamos cuando perdiera la paciencia. Se veía como si estuviera listo para que le diera una buena regañada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Luna no deseada por el Alfa