—¿Entonces todas mis cosas van en otro auto? Se supone que no puedes hablarme. Y asumo que aquí Jeeves tampoco tiene permiso de decir nada, porque no ha abierto la boca ni me ha volteado a ver. ¿Qué se supone que haga durante todo el viaje, picarme los ojos?
—Pensé que, tal vez, solo te dormirías. Jason dijo que la vez pasada te quedaste dormida todo el camino.
—Sí, claro, después de no dormir bien por tres días seguidos, de que Rayna llegara a la manada de la nada para intentar partirme la cara y de rematar con diez horas extras de entrenamiento intenso por puro estrés. Estaba agotada y necesitaba descansar. Son circunstancias diferentes —me costaba mucho trabajo controlar el volumen de mi voz.
—¿Y a qué se debe eso, de todos modos? Lo del sueño. Fue aterrador despertar y escucharte gritar así.
—Te contaré sobre mis hábitos de sueño cuando me digas la verdadera razón por la que nadie tiene permitido hablarme —suspiré de nuevo y me crucé de brazos—. Esto no puede ser de un solo lado, Alfa, sé que estás escuchando. Amárrate bien los pantalones o esto va a ser un problema para todos.
Al conductor al que cariñosamente apodé Jeeves le pareció gracioso y tosió para disimular su risa mientras aceleraba para empezar el camino hacia mi prisión.
Nos habíamos detenido cada hora para que los lobos de la patrulla se turnaran y descansaran. No podía creer que nos vinieran siguiendo a pie en su forma de lobo. Era impresionante. Suponía que era para evitar una emboscada, pero claro, solo podía suponerlo porque nadie tenía permitido confirmar o negar mis preguntas.
Lo intentaba cada vez que hacían el cambio. Por la cara que me ponía Josh, creí que en cualquier momento me iba a poner un bozal. No debía haber disfrutado tanto molestándolo, ¿pero qué más podía hacer? Me habían quitado cualquier otra forma de entretenimiento o distracción. No era un adorno y no iba a dejar que me trataran como uno, así que me aseguré de hablarle hasta el cansancio todo el tiempo que estuvo en el auto conmigo.
En la tercera parada por fin vi a Greta. Era la encargada de escoltarme al baño, porque en ese momento eso también era obligatorio. Ni siquiera podía elegir cuándo ir a orinar. Al menos ella era agradable conmigo y podía mantener una conversación sin tener que cerrar la boca por miedo a revelar secretos de la manada, aunque no había mucho de qué hablar a través de la puerta de un baño.

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