—Se va a llevar un golpe de realidad muy duro si eso es lo que pretende. Yo mismo la voy a encerrar en una celda —gruñó mi lobo.
—Eso va a estar difícil sin pulgares.
—Cállate, ya sabes a qué me refiero. Ya demostró que se escapa a la primera oportunidad y es un peligro para ella misma.
—¡¿Ves?! Por fin entiendes por qué tenemos que rechazarla. ¡Es un peligro para todos!
—Vete al diablo. Tenemos que marcarla para poder rastrearla, idiota.
—¿De verdad puedes decirme que estás dispuesto a arriesgar su vida para intentarlo?
Nunca nos íbamos a poner de acuerdo en aquello. Él seguía refunfuñando en mi cabeza cuando me harté de caminar a tientas por el bosque. Si había más imbéciles por allí listos para atacar, que vinieran. Estábamos tan furiosos en ese momento que no tendrían ni la menor oportunidad.
—Sal de ahí —grité hacia los árboles—. Ya se acabó todo. Bennet se está volviendo loco porque no te encuentra.
—Qué bueno saber quién se preocupa en serio.
Me di la vuelta tan rápido que por poco me tropecé. Sentí que se me paró el maldito corazón y que luego arrancó a mil por hora. Apareció de la nada tras el tronco de un árbol rodeado de matorrales, a escasos tres metros de mí.
Sentí un alivio inmenso al verla. Estaba a salvo y se veía hermosa con esa cara de pocos amigos que siempre me dedicaba. Quería correr a envolverla en mis brazos y sacudirla con ganas por habernos pegado ese susto, pero no hice nada más que mirarla mientras intentaba controlar mi respiración.
—Sí, bueno, a Jensen le voy a poner la golpiza de su vida y luego le voy a dar la guardia más pesada durante un mes por haberte perdido de vista —solté con ira—. Eso es tu culpa. Nunca dejes a tu protector. ¡Deberías saberlo bien! —Estaba que echaba chispas. Me permití estar furioso en ese momento, una vez que supe que estaba ilesa y frente a mí—. No he tenido oportunidad de ver cómo está Bennet, pero lo atacaron. Eso también es tu culpa. Los otros tres guerreros que estaban contigo tienen cosas mejores que hacer que cuidarte como si fueras una niña y te las arreglaste para ponerlos a todos en peligro. Si alguno de ellos hubiera salido herido, también habría sido tu culpa.
Entrecerró los ojos y podía jurar que sentí un aura de poder emanando de ella, pero aquello era imposible; era humana.
—No. No te lo voy a dar. ¿Así va a ser ahora? ¿Te doy una respuesta que no te gusta y me la repites?
—No.
Levantó una ceja y se cruzó de brazos. Fue entonces cuando me fijé en su ropa por primera vez. Llevaba unos shorts deportivos negros muy cortos y una blusa de tirantes morada que le realzaba un poco el escote.
A mi lobo se le caía la baba, pero yo me sentía más molesto a cada segundo. Todo le quedaba como si estuviera pintado al cuerpo, enseñando demasiada piel. ¿Eso era lo que usaba cuando estaba cerca de otros lobos, de los guerreros, mientras corría?

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