—No me digas que hablas en serio —me tallé la frente. No tenía paciencia para aquello en ese momento—. ¿Te dejaron salir así? Estás corriendo por el bosque casi desnuda y ya casi es invierno. Seguro estás muerta de frío. Vamos a casa para terminar de hablar allá —señalé hacia atrás con el pulgar.
—Tengo que terminar de correr y mi ropa no tiene nada de malo. Ustedes se la pasan desnudos todo el tiempo. Nos vemos cuando acabe.
Señaló hacia su espalda. Estaba tan concentrado que olvidé que teníamos público. Sus cabezas peludas se movían de un lado a otro entre nosotros dos, como si estuvieran en un partido de tenis. Malditos idiotas. En realidad no podía culparlos; yo se los había asignado, así que técnicamente ella podía darles órdenes, pero era su Alfa e iban a hacer lo que yo dijera, aunque eso la hiciera enfurecer.
Solté un suspiro.
—Nos vamos a casa, Kennedy. Ya causaste suficientes problemas por hoy.
No dio su brazo a torcer.
—Me iré a casa en cuanto termine de correr.
No estaba gritando ni se portaba grosera, pero su actitud desafiante me estaba sacando de quicio.
Y me encantaba, maldita sea; me gustaba que me diera pelea. Inhalé. Estaba harto de que cuestionara cada medida que tomaba para su seguridad, pero adoraba que me llevara la contraria. Me encantaba que no tuviera miedo de enfrentarme. ¿Qué rayos me pasaba?
—Al carajo.
Me acerqué y la cargué al hombro. Sus piernas no eran lo suficientemente largas para ocultar la erección que su rebeldía provocó, pero que no cooperara me sirvió de distracción mientras caminábamos de regreso. Aquello se estaba volviendo nuestra costumbre y, con tanto contacto piel con piel, me sorprendía que pudiera caminar derecho.
La corriente eléctrica que sentía bajo la piel me debilitaba los músculos. Sentir su cuerpo contra el mío me mareaba. Sabía que ella también lo sentía; el aroma de su emoción se volvía más intenso mientras más tiempo la cargaba y era embriagador. Tenía que resistirme; no podía tenerla. Ni allí, ni en ese momento... ni nunca.

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