Kennedy
Tal vez no podía hacer nada contra aquel comportamiento de cavernícola que Ryker tenía, ni contra la reacción traicionera de mi cuerpo, pero eso no me impedía intentarlo. Seguí golpeándole la espalda y gritando puras estupideces para que me bajara.
También me servía para fingir que no me daba cuenta de cómo se movían sus músculos marcados y desnudos debajo de mí. Noté que no tenía marcas de sol en ninguna parte. Me daban ganas de darle una nalgada para ver qué pasaba.
¿Se movería aunque fuera un poco? Sacudí la cabeza.
“No estoy haciendo un buen trabajo ignorándolo”. Pero tampoco quería morir y no tenía la seguridad de que no fuera a regresarme al bosque para dejarme ahí tirada.
No me había dicho ni una palabra en todo el camino de regreso, y no había sido un tramo corto. Seguro me iba a quedar un moretón en la cadera por cómo se me había enterrado su hombro. Seguí intentando separar las piernas, pero él las tenía bien sujetas; eso, sumado al movimiento de su hombro, le estaba dando a mi clítoris el roce de mi vida.
Hasta me iba a terminar corriendo allí montada en su hombro. Ni siquiera me gritó, pero podía sentir cómo la tensión le recorría los músculos. Estaba esperando a poder verme a la cara para decirme de cosas, y no de la forma en que yo hubiera querido. Entró por la puerta principal, pero en lugar de soltarme allí o irse a su oficina, se dirigió a las escaleras principales y empezó a subir.
—¿A dónde me llevas, idiota? —pataleé mientras le pegaba en la espalda otra vez. Grave error; mis muslos solo rozaron más mi clítoris.
Él solo gruñó como respuesta y siguió avanzando. Ya estábamos en nuestro pasillo.

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