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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 139

La noche era espesa y el viento otoñal soplaba con fuerza.

Las hojas secas caían arremolinadas, impregnando el ambiente con un toque de melancolía.

Josefina caminaba por la calle, con un torbellino de emociones en el corazón.

Estaba dándole vueltas al asunto: si los aretes de zafiro eran en realidad de su abuelo y su abuela, ¿por qué Magdalena los deseaba tanto?

E incluso decía que eran muy importantes para ella.

La actitud de Jimena también había sido sumamente extraña.

Le había exigido que le diera los aretes a Magdalena.

¿A qué se debía eso?

¿Acaso esos aretes tenían alguna relación oculta con los antepasados de Magdalena?

Josefina tenía la cabeza hecha un desastre.

Al llegar a casa, sacó los aretes de zafiro y los observó detenidamente bajo la luz durante mucho tiempo. Pensó en que, en cuanto terminara el trabajo que tenía pendiente, iría a buscar a su abuela para entregárselos.

Era el deseo de su abuela, y ella iba a cumplirlo pasara lo que pasara.

***

En la cafetería.

El aroma a café inundaba el lugar y las pinturas al óleo que colgaban de las paredes le daban un aire espectacular.

Andrés miró a Benjamín, que estaba sentado frente a él, y fue directo al grano:

—Que Magda renunciara a las acciones... ¿tú tuviste algo que ver con eso?

Benjamín le sirvió café. Su rostro, guapo y de facciones afiladas, no delataba ninguna emoción. Alzó la mirada y le contestó:

—Al fin y al cabo, ella no es la hija biológica de la familia León.

Andrés frunció el ceño.

—¿No crees que te estás metiendo demasiado en los asuntos de los León?

Benjamín curvó los labios en una pequeña sonrisa.

—Don Andrés, soy el yerno de la familia León, hay ciertas cosas en las que sí puedo intervenir.

Aunque era joven, irradiaba una fuerte aura de autoridad. En ese momento, al mantenerla contenida, solo lo hacía lucir aún más impredecible.

Benjamín bajó la mirada.

—A Jose le gustaron, y ya está.

—Pero se los habías comprado a Magda —replicó Andrés, elevando el tono con seriedad—. Si prometiste algo, debes cumplirlo. Entiendo que Jose sea caprichosa, pero ¿por qué tú también te portas así?

—Son solo unos aretes de zafiro —argumentó Benjamín—. Si a mi mujer le gustan, ¿acaso voy a arrebatarle algo que le encanta para regalárselo a otra persona?

—¡Jose fue quien se los arrebató a ella! —estalló Andrés, ya casi sin poder contener su ira—. Ustedes dos son imposibles. Magda nunca nos ha pedido nada, lo único que quería eran esos aretes. ¿Por qué no pudiste simplemente dárselos?

Benjamín alzó los ojos. Sus pupilas, negras y profundas, se clavaron en él.

—Don Andrés, mi mujer y yo ya tuvimos un pleito por ese tema. Si ahora viene a exigirme que le entregue las cosas a Magdalena, ¿quiere que sigamos peleando nosotros como esposos?

Andrés se quedó mudo por unos instantes.

Al cabo de un momento, murmuró:

—Si no hay forma de darle los zafiros a Magda, entonces mantendré el acuerdo previo y la compensaré otorgándole el 3% de las acciones del Grupo León. Benjamín, no te entrometas en este asunto.

Y se le quedó viendo fijamente.

Quería ver cómo iba a reaccionar.

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