La noche era espesa y el viento otoñal soplaba con fuerza.
Las hojas secas caían arremolinadas, impregnando el ambiente con un toque de melancolía.
Josefina caminaba por la calle, con un torbellino de emociones en el corazón.
Estaba dándole vueltas al asunto: si los aretes de zafiro eran en realidad de su abuelo y su abuela, ¿por qué Magdalena los deseaba tanto?
E incluso decía que eran muy importantes para ella.
La actitud de Jimena también había sido sumamente extraña.
Le había exigido que le diera los aretes a Magdalena.
¿A qué se debía eso?
¿Acaso esos aretes tenían alguna relación oculta con los antepasados de Magdalena?
Josefina tenía la cabeza hecha un desastre.
Al llegar a casa, sacó los aretes de zafiro y los observó detenidamente bajo la luz durante mucho tiempo. Pensó en que, en cuanto terminara el trabajo que tenía pendiente, iría a buscar a su abuela para entregárselos.
Era el deseo de su abuela, y ella iba a cumplirlo pasara lo que pasara.
***
En la cafetería.
El aroma a café inundaba el lugar y las pinturas al óleo que colgaban de las paredes le daban un aire espectacular.
Andrés miró a Benjamín, que estaba sentado frente a él, y fue directo al grano:
—Que Magda renunciara a las acciones... ¿tú tuviste algo que ver con eso?
Benjamín le sirvió café. Su rostro, guapo y de facciones afiladas, no delataba ninguna emoción. Alzó la mirada y le contestó:
—Al fin y al cabo, ella no es la hija biológica de la familia León.
Andrés frunció el ceño.
—¿No crees que te estás metiendo demasiado en los asuntos de los León?
Benjamín curvó los labios en una pequeña sonrisa.
—Don Andrés, soy el yerno de la familia León, hay ciertas cosas en las que sí puedo intervenir.
Aunque era joven, irradiaba una fuerte aura de autoridad. En ese momento, al mantenerla contenida, solo lo hacía lucir aún más impredecible.

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