Él la escrutó de arriba abajo con su mirada profunda y oscura. Al notar el buen color en su rostro, la tensión en sus ojos se disipó un poco.
Salieron de la empresa y se dirigieron a la cafetería de enfrente.
Josefina tomó asiento y lo miró con frialdad.
—¿Qué quieres?
El atractivo rostro de Benjamín reflejaba cierta pesadez. Se frotó las sienes con una mano y comenzó a explicar:
—Anoche Alberto se perdió. Se quedó atorado en una casita de juegos y no podía salir. Estaban reparando el lugar, la zona estaba muy oscura y se quedó dormido adentro. Mandé gente y tardamos bastante en encontrarlo.
Josefina llamó al mesero y pidió un café.
Benjamín se quedó observando su rostro inexpresivo y continuó:
—Alberto estaba muy asustado, así que anoche me lo llevé a la casa de Residencial Valle Niebla.
Al escuchar eso, el rostro de Josefina cambió, pero se obligó a recuperar la compostura casi de inmediato.
Se repetía a sí misma una y otra vez que debía mantener la calma.
Ya no lo quería a él, así que tampoco quería nada que tuviera que ver con él. Ni siquiera aquella casa matrimonial que guardaba todos sus recuerdos hermosos.
Por lo tanto, ¿qué le importaba a quién llevara él a esa casa?
Aunque llevara a diez mujeres a la vez, estaba en todo su derecho.
Josefina respiró profundo. En ese momento le trajeron el café; levantó la taza y le dio un sorbo.
El ceño de Benjamín se frunció poco a poco.
—Jose, anoche no fue mi intención romper mi promesa.
Josefina bajó la taza de café, con una expresión de total tranquilidad.
—¿Ya terminaste?
Estaba demasiado tranquila, lo cual le provocó un nudo en el pecho a él.
La miró fijamente, buscando algún cambio de emoción en su rostro.
Una señal, por mínima que fuera, de que aún le importaba.
Pero no encontró nada.
Ella se terminó el café y le dijo:
—Si no hay nada más, voy a regresar a trabajar.
Benjamín bajó un poco la mirada, su tono se volvió más grave.
—Jose, te estoy dando una explicación.

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