En cuanto Magdalena la vio, la tomó del brazo y la jaló hacia las escaleras.
El rostro de Josefina se tornó de hielo al instante:
—¿Qué haces? ¡Suéltame!
Pero Magdalena no la soltó; tenía el rostro casi desfigurado por el coraje.
Una vez en el área de las escaleras, por fin la soltó. Con los ojos enrojecidos, le reclamó:
—Josefina, ¿fuiste a ver a Manuel a propósito para adelantarte?
Josefina se cruzó de brazos y soltó una carcajada burlona:
—¿A qué te refieres con "a propósito"? Cada quien usa sus propios medios. ¿Vas a echarme la culpa de que no hayas podido hacerlo tú?
Magdalena se mordió el labio con fuerza y replicó:
—Benjamín ya me había prometido que me dejaría contactar a la gente del Grupo Fuentes para fomentar la colaboración con nuestra familia. ¿Cómo pudiste sabotearme de esa manera?
Al escucharla, la expresión de Josefina se volvió aún más fría, y la miró con evidente repulsión:
—Entonces deberías ir a reclamarle a Benjamín. Pregúntale por qué es tan inútil que ni siquiera puede conseguirte un acuerdo. —Se dio la media vuelta, lista para irse. No tenía tiempo para escuchar las estupideces de Magdalena.
Sin embargo, Magdalena volvió a sujetarla del brazo.
—¿Por qué siempre me quieres quitar todo? Solo soy una hija adoptiva... Lo único que busco es devolverles a mis papás un poco de todo lo que me han dado. ¿Por qué no me das al menos esa oportunidad?
—¡Que me sueltes! —gritó Josefina, sacudiéndose bruscamente para liberarse de su agarre. Le asqueaba que la tocara.
—¡Ah!
De repente, Magdalena soltó un grito de pánico, seguido por el ruido sordo de un cuerpo cayendo a trompicones.
¡Josefina se giró de golpe y vio que Magdalena había rodado escaleras abajo! La mujer yacía inerte en el descanso del piso inferior, pálida y con el rostro contorsionado por el dolor.
—¡A la madre! ¿Qué pasó aquí?
Justo en ese momento, un hombre que había entrado al cubo de las escaleras para fumar vio a Magdalena tirada en el suelo y se acercó corriendo a revisar.
Benjamín volteó a verla de inmediato:
—Jose, ¿tú hiciste esto?
—Sería una estupidez de mi parte. Jamás haría algo así —negó ella, manteniendo el rostro impasible.
Si en verdad quisiera vengarse de Magdalena, lo haría de frente. ¿Qué necesidad tendría de usar tácticas tan bajas? En cambio, a Magdalena le encantaba recurrir a ese tipo de mañas. Las había usado infinidad de veces desde que eran niñas, y siempre le daban resultados.
En ese momento, llegó la policía. Al tratarse de una acusación de agresión física, se llevaron a Josefina. Cuando Andrés y Jimena se enteraron de lo ocurrido, se pusieron furiosos.
—¡Qué falta de respeto! Esa chamaca malcriada ya no nos toma en cuenta para nada. ¡Cómo se atreve a lastimar a Magda! ¡Que se quede encerrada en la delegación unos días para que aprenda la lección! —estalló Andrés.
Jimena se limpiaba las lágrimas con angustia:
—¿Crees que Magda esté bien? ¡Debe estar sufriendo horrores por la caída!
Benjamín permaneció a un lado con una expresión gélida. No hizo el menor intento de detener a los policías cuando se llevaron a Josefina; ya había dado instrucciones para revisar las cámaras de seguridad. Quería ver las grabaciones antes de sacar conclusiones.

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