Tras ser trasladada a la delegación, Josefina se sentó en la silla de metal de la sala de interrogatorios. Frente a ella, dos policías comenzaron con las preguntas de rutina. Ella se limitó a mantener la mirada baja, sin pronunciar una sola palabra.
Los dos agentes intercambiaron una mirada y optaron por dejar de insistir. Conseguir las grabaciones de seguridad llevaría tiempo, y Magdalena seguía en el hospital sin recuperar el conocimiento.
Todos salieron y la dejaron a solas en la sala.
Josefina cerró los ojos, reflejando un profundo cansancio en su rostro. Ese tipo de jueguecitos ya le resultaban fastidiosos. Sin embargo, pensándolo bien, parecía la oportunidad perfecta. La oportunidad ideal para divorciarse de Benjamín.
Esbozó una sonrisa muda, cargada de sarcasmo. Después de un largo rato, le pidió a uno de los policías que llamara a Benjamín; quería hablar con él.
El tiempo pasó lentamente. No supo cuántas horas transcurrieron antes de que la puerta se abriera de nuevo. Pero quien entró no fue Benjamín, sino Jimena, quien tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la fulminaba con una mirada cargada de furia.
Josefina levantó la vista. Al toparse con esa expresión, sus pestañas temblaron levemente. Ladeó un poco la cabeza y preguntó con ironía:
—Te ves muy alterada. ¿Acaso se murió Magdalena?
—¡Josefina, eres una descarada! —Jimena dio un paso al frente y levantó la mano, dispuesta a darle una bofetada.
—¡Deténgase ahí!
Justo en ese momento, la voz firme del policía resonó por el altavoz, provocando que la mano de Jimena se quedara paralizada en el aire.
—¿Te parece que me pasé de la raya? —dijo Josefina con absoluta frialdad—. Pues soy capaz de cosas peores.
Las lágrimas de Jimena comenzaron a rodar.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...