Qué ridiculez. El enrojecimiento de los ojos de Josefina desapareció para darle paso a una mirada de profundo desprecio.
—Escúchate a ti misma —le espetó con sarcasmo—. ¿Te das cuenta de las estupideces que estás diciendo?
La expresión de Jimena se descompuso al instante:
—¡Jose, soy tu madre! ¡No me faltes al respeto!
—Tráeme a Benjamín —dijo Josefina, cerrando los ojos exhausta—. Si él acepta mi condición, accederé a tus exigencias.
Jimena contuvo el coraje que le quemaba el pecho y la miró con desconfianza:
—¿Me lo juras?
—Siempre y cuando él me cumpla, yo también lo haré —aseguró ella con una sonrisa amarga.
Jimena la estudió por unos segundos, aún dudosa, y salió de la sala.
El lugar volvió a sumirse en un silencio absoluto. Tan sepulcral que parecía que podía escucharse el roce de las motas de polvo flotando en el aire.
Los ojos de Josefina perdieron todo brillo. Sentía como si le hubieran arrancado un pedazo de corazón de tajo; el dolor era insoportable. Se cubrió el rostro con ambas manos en un intento desesperado por tragar su propio sufrimiento.
De nuevo, el tiempo perdió todo sentido. Pasó un largo rato hasta que el cerrojo de la puerta volvió a sonar.
Josefina levantó la vista lentamente y vio la imponente silueta de Benjamín entrando a la habitación. La luz de la lámpara fluorescente brillaba sobre su rostro afilado, proyectando sombras bajo sus largas pestañas. Lucía tan apuesto como siempre, pero con una expresión frígida y distante.
—Benjamín, fírmame el divorcio —le exigió ella con la mirada de hielo—. De lo contrario, lo que pasó hoy se va a repetir una y otra vez.
Ya tenía todo claro. Magdalena llevaba años usando sus teatritos baratos; bueno, esta vez iba a complacerla. En cuanto pisara la calle, le daría una paliza cada vez que se la cruzara. La iba a golpear hasta que todos sintieran tanta lástima que no les quedara de otra que aceptar su exigencia. Al fin y al cabo, lo único que buscaba era un simple divorcio. Era irónico cómo la situación actual calcaba aquel incidente pasado en las escaleras. Pero, en esta ocasión, nadie lograría detenerla.
—Te equivocas —la interrumpió Benjamín con un tono que helaba la sangre—. La persona que me salvó fue Magdalena, no tú.
Los ojos de Josefina se inyectaron de rabia; apretó la mandíbula y articuló con dificultad:
—¡Fírmame el divorcio!
Benjamín notó la profunda fractura en su mirada, pero su semblante se volvió aún más implacable:
—Eso jamás pasará. Tú fuiste la que empezó todo esto. Acordamos que sería para toda la vida, y ni un segundo menos. Haz lo que se te dé la gana, pero que te quede claro, Jose: siempre serás la mujer de Benjamín Gutiérrez.
Lentamente, soltó el agarre de su cuello y se irguió.
—Ya que estás tan empeñada en seguir con tu berrinche, te quedarás aquí unos días a que te enfríes. Pronto te darás cuenta de que, por más que patalees, el divorcio no es una opción para ti. —Sin agregar más, dio media vuelta y abandonó la habitación.

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