—¡Benjamín! —le gritó Josefina a su espalda con la voz desgarrada—. ¿Acaso no te da miedo que salga y la mate?
Él idolatraba a Magdalena, era capaz de todo por ella. ¿Cómo iba a permitir que alguien la pusiera en peligro?
Benjamín detuvo su marcha por una fracción de segundo. Giró levemente la cabeza y replicó con una apatía mortal:
—No tienes el valor para hacerlo.
Y tras esa sentencia, empujó la puerta y salió.
—¡Regresa! ¡Que te regreses, cabrón! —berreó Josefina, perdiendo los estribos por completo, mientras un torrente de lágrimas corría por su rostro—. ¡Fírmame el maldito papel! ¡Quiero el divorcio! ¡Te odio, Benjamín, te odio!
Los lamentos cargados de agonía retumbaban a través de la puerta cerrada. En el pasillo, Benjamín apretó la mandíbula, a punto de estallar de rabia; tenía un semblante terrorífico.
Había querido revisar las cámaras, solo para descubrir que no había vigilancia instalada en ese descanso en particular. Aun sin las grabaciones, tenía la absoluta certeza de que Josefina no había empujado a Magdalena. Odiaba a esa mujer, de eso no había duda, pero cuando atacaba, lo hacía de frente. Esas trampas bajas a traición no iban con ella.
Y, sin embargo, prefirió quedarse callada, usando la situación en su contra para forzarlo a concederle el divorcio. Con tal de lograrlo, ya no le importaba nada, ni siquiera su propia reputación.
Una punzada de asfixia le oprimió el pecho con brutalidad. Consumido por la frustración, caminó hasta la oficina del comandante para matar el tiempo unos minutos y luego se marchó.
Apenas subió a su coche, comenzó a sonarle el celular. Era Jimena.
—Dígame, señora Jimena —contestó él, con voz fría y distante.
—Benjamín —se apresuró a preguntar Jimena, invadida por la angustia—, ¿qué te pidió Jose? ¿Por fin aceptó?
—Señora Jimena, la empresa de Magdalena acaba de iniciar operaciones, y ya le mandé a mi equipo con una propuesta de colaboración —respondió Benjamín en tono impersonal—. En cuanto al acuerdo con el Grupo Fuentes, eso dependerá enteramente de ellos; no es algo en lo que podamos intervenir para obligarlos a elegir con quién trabajar.
Jimena se disgustó de inmediato:
—Pero...
Más tarde, cuando Andrés llegó al hospital, ella no tardó en hacerle la propuesta:
—Deberíamos asignarle a Magda el control de algunos de los proyectos de la empresa. Estoy segura de que sabrá administrarlos a la perfección.
Andrés lo meditó durante unos segundos y finalmente asintió:
—Me parece bien.
Como Magdalena había rechazado las acciones de la familia León, ya se sentían lo bastante culpables con ella. Para colmo, el nuevo escándalo de Josefina los tenía furiosos, y querían llenarla de atenciones. Acto seguido, Andrés sacó una tarjeta de crédito de su cartera y se la entregó:
—Aquí tienes treinta millones de pesos. Úsalos en lo que quieras, mi niña. Y, por favor, no te angusties más. Tu madre y yo siempre estaremos aquí para respaldarte.
—Son los mejores padres del mundo... Gracias por ser tan buenos conmigo —murmuró Magdalena, con los ojos enrojecidos.
—Por supuesto que sí. Si te acogimos en la familia, es nuestro deber tratarte como a una reina —le acarició Jimena el cabello con infinita ternura.

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