Tras haber fallado en dos ocasiones, el agresor intentó darse a la fuga, pero los guardias lo aplastaron contra el suelo, dejándolo sin la menor posibilidad de escape.
Silvia corrió despavorida hacia ellos.
—¡Jose! ¿Cómo estás? ¿Te lastimó?
Josefina seguía atrapada en los brazos de Benjamín. Él le rodeaba la cintura con tanta fuerza que parecía querer fusionarla con su propio cuerpo.
Con el rostro pálido como el papel, ella negó con la cabeza.
—Estoy bien.
Silvia dejó salir el aire que tenía contenido.
—Híjole, qué susto me metiste hace un momento.
Enseguida, volteó hacia Manuel.
—Señor Fuentes, ¿quién era ese tipo? ¿Por qué intentó matarlo así de la nada?
El rostro elegante de Manuel reflejó una pesada culpa. Miró a Josefina y se disculpó desde el fondo de su corazón:
—Perdóname, de verdad lamento haberte asustado.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente? —preguntó Josefina, aún sin entender nada.
Manuel se quedó mudo por unos instantes, sin saber qué responder.
Fue entonces cuando Benjamín habló con voz helada:
—Si el señor Fuentes tiene tantas ganas de hacer amistades, lo mejor sería que primero resuelva sus propios problemas. Si mi mujer vuelve a correr peligro por su culpa, se las va a ver conmigo.
Dicho esto, la tomó por la cintura de manera posesiva y la guio a la fuerza hacia su vehículo.
Conforme su rígido cuerpo recuperaba un poco la sensibilidad, Josefina trató de quitarse esa enorme mano de encima.
Pero el hombre solo apretó su agarre alrededor de ella.
Su voz grave destilaba un tono glacial:
—¿Acaso no te asustó lo suficiente lo que acaba de pasar?
La cara de Josefina seguía pálida y tensa.
—Suéltame, yo puedo caminar sola.
—¿Para que te suelte y te vayas por tu cuenta? —Benjamín le leyó las intenciones, abrió la puerta del copiloto y prácticamente la metió a la fuerza.
Para evitar que se escapara, se asomó al interior y le abrochó el cinturón de seguridad él mismo.
Quedaron a milímetros de distancia, con las respiraciones mezclándose en el poco espacio que los separaba.
Josefina tensó la espalda y comenzó a respirar superficialmente.
De repente, una mano grande y cálida atrapó la suya, cobijando sus dedos que no dejaban de temblar.
—No tengas miedo, no te va a pasar nada —susurró Benjamín en tono protector.
Aunque le pesara admitirlo, su mano realmente dejó de temblar gracias a eso, pero su expresión se volvió aún más inexpresiva.
Odiaba que su propio cuerpo reaccionara de esa forma ante él.
Zafó su mano de la suya y desvió la mirada hacia la ventana.
Benjamín hizo una pausa y la miró de reojo por un segundo, pero decidió guardarse sus comentarios.
El coche se dirigió directo hacia Residencial Valle Niebla.
Desde su asiento, Josefina dictaminó fríamente:
—No quiero regresar a este lugar.
—Pero esta es nuestra casa —respondió Benjamín, inalterable—. Además, es la casa que diseñaste y decoraste con tus propias manos para vivir juntos.
Josefina parpadeó nerviosa y, sin rodeos, cuestionó:
—¿Por qué estabas en ese restaurante?
Demasiada casualidad que hubiera aparecido en el momento exacto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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