—¿Acaso no lo sabes ya? Te he estado siguiendo.
Los oscuros y profundos ojos de Benjamín la miraron fijamente sin una pizca de remordimiento.
Ella no estaba dispuesta a creer ni una sola palabra de lo que saliera de su boca.
Y si eso era lo que ella pensaba, entonces la dejaría creer que en verdad la acosaba.
—Tú...
Josefina arrugó su fino ceño y un destello de furia surcó su acuosa mirada, pero al recordar que literalmente le acababa de salvar la vida, no encontró la forma de soltarle todo el coraje que sentía.
Frustrada a más no poder, sacó su celular dispuesta a pedir un transporte privado.
Con esa actitud le estaba dejando claro que no iba a poner un pie dentro de Residencial Valle Niebla.
Sin embargo, una mano bloqueó su visión y le arrebató el dispositivo en un parpadeo.
—¡Devuélvemelo! —exigió Josefina, fulminándolo con los ojos.
Benjamín metió el celular en el bolsillo de su pantalón, rodeó el cofre, abrió la puerta del copiloto y, agachándose un poco, la sacó cargando entre sus brazos.
—¡Suéltame! —forcejeó ella con todas sus fuerzas.
Se escuchó un golpe sordo.
Benjamín le había dado una nalgada, ni tan suave pero tampoco para lastimarla. Su tono se volvió más agresivo:
—Josefina, estoy que me lleva el diablo en este momento. Mejor no me provoques.
Estaba encaprichada con irse a cenar con ese tipo y mira nada más el peligro en el que se había metido.
¡Eso era lo que había provocado con sus malas decisiones!
Josefina abrió los ojos, indignada hasta la médula.
—¡Tú... eres un imbécil! ¡Que me sueltes te digo!
Para acabar pronto, Benjamín se la echó al hombro como un costal para inmovilizarla y anular cualquier resistencia.
Con pasos largos y pesados, atravesó la sala de la casa, subió directamente por las escaleras y la arrojó sin miramientos sobre el suave colchón.
El cuerpo de Josefina rebotó un par de veces, pero como impulsada por un resorte, giró de inmediato para salir disparada hacia la salida.
Benjamín le sujetó la pierna con fuerza, la tiró de regreso al centro de la cama y se dejó caer encima de ella, aplastándola por completo.
—¿A dónde crees que vas? ¿Otra vez vas a correr a buscarlo a él?
Su aliento hirviente le chocó contra la oreja, y todo el peso de su cuerpo la aprisionó contra las sábanas como si le hubieran echado una roca encima.
—Jose, te juro que tuve muchísimo miedo hace rato —confesó con voz contenida, cerrando los ojos con fuerza para no repasar esa escena mentalmente.
Si no hubiera salido de ese cuarto privado a tiempo, ¿qué habría pasado si la lastimaban de verdad?
—Mantente lejos de Manuel. ¿Por qué crees que regresó a México así nada más? —Benjamín abrió los ojos, la miró y trató de convencerla en un tono mucho más relajado.
Josefina continuó ignorándolo, envolviéndose a sí misma en un témpano de hielo.
Su actitud hiriente era como una serie de navajas clavándose directo en el centro de su corazón.
—Estoy seguro de que tú no hiciste lo que dijeron —agregó él de la nada—. Y sé que Magdalena jamás se atrevería a echarte la culpa.
Josefina cerró los ojos con amargura y se rio por lo bajo.
—¿No fuiste tú el que quería que me echara la culpa y me disculpara en el Ministerio Público? Muy dentro de ti ya dabas por hecho que yo la había empujado.
—No es verdad —lo negó Benjamín de forma tajante—. Siempre terminas arriesgándote a perderlo todo con tal de divorciarte de mí. Eso es lo que te reclamo.
Al oír eso, cerró los ojos con fuerza para contener la furia.
El tono en el que respondió sonaba aún más mortífero:
—Benjamín, podrás negarte a firmar, y es verdad que hasta ahora no había intentado otras cosas, pero de ahora en adelante, ya no sé de qué sería capaz.

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