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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 2

Ella estaba de pie frente a la puerta de la habitación del hospital y vio a Magdalena ofreciéndole agua a Benjamín. Él ni siquiera levantó las manos para agarrar el vaso, sino que bebió directamente sostenido por las manos de Magdalena.

Josefina apretó con fuerza los papeles del divorcio. En el instante en que empujó la puerta y entró, el pequeño Alberto, que tenía la carita roja por la fiebre, se estremeció y soltó en llanto en los brazos de Benjamín.

Nadie se esperaba que ella apareciera en ese lugar.

Benjamín frunció sus cejas pobladas y preguntó con un tono severo:

—Jose, ¿qué estás haciendo aquí? A Alberto le costó muchísimo trabajo quedarse dormido.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —le soltó Josefina de vuelta, para luego rematar—: ¿Y qué tiene que ver contigo? ¿Acaso es tu propio hijo para que te importe tanto?

—¡Jose! —Benjamín alzó un poco la voz—. Es un niño chiquito y está enfermo. Si quieres hacerme un berrinche, espérate a que regrese a la casa, pero no lo interrumpas ahorita que está descansando.

Ya ni siquiera se trataba de que había ido a entregarle los papeles del divorcio; en una situación normal, como su tía política, tenía todo el derecho de ir a ver a su sobrino.

Pero al final, con solo aparecerse por ahí, la reacción automática de Benjamín era pensar que iba a hacerle un drama.

Volviendo a la realidad, Josefina le acercó el acuerdo de divorcio a Benjamín.

—Fírmalo de una vez. Entre más rápido estampes tu firma, más pronto termina todo el proceso.

El rostro de Benjamín se tornó frío, mirándola como si fuera una niña haciendo una rabieta sin sentido.

Magdalena se acercó y le dijo:

—Jose, ¿no será que hay un malentendido? Benjamín solo vino a echarle un ojo a Alberto. Ahorita que ya está más estable, me lo llevo para que se vaya contigo a la casa.

Luego se inclinó hacia Alberto y le habló con voz suave para consolarlo:

—Vente con mamá, Alberto. Tu tío ya tiene que irse a la casa a descansar.

Alberto, de apenas tres añitos, era una masita diminuta; su carita se veía muy demacrada por la enfermedad. Aferró sus manitas al cuello de la camisa de Benjamín y se rehusó a soltarlo.

—Quiero a mi tío... buaaaa, que no se vaya mi tío...

Una expresión de apuro apareció en el rostro de Magdalena, y endureció un poco el tono de su voz:

—Hazme caso, Alberto, vente para acá con mamá.

Capítulo 2 1

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